Luchas minoritarias, relatos mayoritarios

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A raíz del movimiento #MeToo, esta primavera aparece una efervescencia de novelas dedicadas al « female power ». Estos libros militan para desarraigar a las mujeres de su estatus minoritario, pero siguen los caminos establecidos de la ficción mayoritaria.

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Una enfermedad misteriosa se cierne sobre el mundo: todas las mujeres que se duermen se encuentran envueltas en una especie de crisálida. Si un hombre intenta despertar a una de ellas, se transforma en furia y le liquida. ¿Qué va a ser de las mujeres, y qué van a hacer los hombres?

Un fenómeno misterioso se extiende por el mundo: las mujeres descubren que guardan un poder en sus manos. Pueden generar electricidad y herir, o matar, a los hombres, reducidos al rango de « sexo débil ». ¿Qué van a hacer las mujeres, y qué va a ser de los hombres?

Stephen King, el autor de best-sellers fantásticos y de terror, y Owen King, su hijo, nos cuentan la historias de estas bellas durmientes en Sleeping beauties, publicado en 2017 en inglés y que acaba de editarse en España por el sello Plaza & Janés. El pasado verano lo hizo The power (Roca Editorial), de Naomi Alderman, que imagina ese mundo en el que las mujeres podrían dominar el mundo gracias a un nuevo don, y que se ha convertido esta temporada en un discreto éxito del boca-oreja. 

Los editores celebran a su manera el éxito del movimiento #MeToo: han hecho traducir una serie de libros que se inclinan, con los medios de la literatura fantástica o del terror, hacia la condición femenina. En Sweetpea, de C. J. Skuse, por el que ya luchan los sellos españoles, la excéntrica Rhiannon, avatar trash de Bridget Jones, obsesionada con su peso, humillada en sus funciones de asistente editorial, se revela como una temible asesina en serie: ¡pobre de aquel que piense poder con ella sin asestar un solo golpe!

Bo Arne Vibenius, "Thriller", 1973. Tarantino se inspiró en esta película para "Kill Bill" (2003-04). Bo Arne Vibenius, "Thriller", 1973. Tarantino se inspiró en esta película para "Kill Bill" (2003-04).
Evidentemente, la literatura feminista no ha esperado a este año para avivar su fuego. De hecho, en España Sexto Piso reedita algunos de los textos de la extraña Angela Carter, como La cámara sangrienta o sus cuentos completos (en Quemar las naves): escritos hacia los setenta, cuentan violentas historias de mujeres, tomando la crueldad de los cuentos de hadas o la perversidad de lo fantástico. 

Pero algunos rasgos específicos caracterizan esta acumulación reciente de historias que reivindican el poder de las mujeres. Primero, la explosión de estas publicaciones hace manifiesto un fenómeno de masas. No se trata solo de golpes editoriales. Estos libros aparecieron en Estados Unidos o en Reino Unido antes del caso Weinstein, antes de las reivindicaciones virales del otoño de 2017. Y son best-sellers, o aspiran a serlo. 

Están, de hecho, escritos por autores que no son necesariamente designados como feministas —incluso si nunca han sido misteriosos con sus convicciones políticas—. Stephen King ya ha contado historias de venganzas de mujeres, tomó partido, en La milla verde, contra la pena de muerte, o en Guns (no traducido), contra la circulación de armas de fuego, aunque es conocido ante todo por sus historias de terror (El resplandor, It, etc.). Si Naomi Alderman hizo su debut literario con Disobedience (no traducido al castellano), alrededor de la hija lesbiana de un rabino londinense, novela que le valió algunos premios, The power busca el éxito popular más que el reconocimiento de las instituciones culturales. 

Hay ahí un manifiesto punto de giro, comparable al que acaba de producirse con el éxito de Black Panther (2018), la película de superhéroes que se desarrolla en un país africano imaginario (sobre el que el filme vehicula sus propios fantasmas). Hollywood había olvidado, desde la época de la Blaxploitation (o utilización del cine negro con fines comerciales), que el cine podía interesarse de manera privilegiada en los afroamericanos y ser a la vez un éxito comercial. Por supuesto, el cine o la literatura de masas no han esperado al siglo XXI para hacer oír las reivindicaciones de las minorías políticas. 

La novedad es, quizás, que las luchas por la igualdad de derechos ya no son únicamente asumidas por los géneros dedicados a las historias lacrimógenas (la epopeya esperanzadora, el drama edificante), sino que son tomadas por un cine o una literatura llamada « de género » (fantástico, etc.), es decir, por una cultura caracterizada en principio como marginal pero convertida hoy en mainstream. ¿Para cuándo el superhéroe gay en una película que no sea paródica? Ahí está la paradoja: el reconocimiento y la defensa de las luchas minoritarias no necesitan ya ser investidas por nobles ficciones, sino que pasa por su entrada en géneros menores hoy convertidos en mayores. 

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