Croquis: en la izquierda, el caos de lo irreconciliable

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¡Qué desastre! En votos, la izquierda ha obtenido su nivel más bajo desde 1958. En escaños, el resultado es aún peor. El Partido Socialista se desmorona, Francia Insumisa se ve reducida, Europa Ecológica y el PC aparecen marginalizados.

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En primer lugar, no hay que mirar para otro lado. En los resultados de esta primera vuelta de las elecciones legislativas hay, sin duda, una multitud de incertitudes que no sólo conciernen a la izquierda. Estas incertitudes representan una crisis muda, traducida por una carencia, que sea como fuere no puede ser ignorada. Este domingo 11 de junio, en una elección de gran importancia, los abstencionistas fueron más numerosos que los votantes. Se trata de una primicia, es un siniestro, el poder cometería una locura ignorándolo. La deserción de los electores muestra un desfase alarmante entre las instituciones y lo que perciben los franceses en su propia piel.

Decididamente, el inicio del quinquenio y la inversión del calendario de las elecciones legislativas están meciendo la cuna de una República en la que el poder ejecutivo, es decir, aquel en manos de un solo hombre, el presidente, disuelve el poder legislativo. Las elecciones legislativas se han convertido en un anexo de los comicios presidenciales, como el último vagón de un tren de mercancías, ¡y nos sorprendemos, disculpen la imagen, de que los electores no muestren ninguna pasión por esta especie de títere!

Si el todopoderoso presidente, ennegrecido como sus predecesores por las comodidades del poder personal, no tiene en cuenta la urgencia de una reforma institucional, pagará las consecuencias, como Hollande y Sarkozy, quizás de una manera más expeditiva. Será expulsado rápidamente, dado que su mayoría no es más que una caricatura. Es necesario habituarse a lo impensable para constatar sin asombro, como sucede en Francia, que un partido que cuenta con el 16% de los inscritos consiga obtener el 80% de los escaños en la Asamblea Nacional. Esta situación no podrá durar demasiado.

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Todo esto es preocupante y podría ser, para una izquierda hecha migajas, la ocasión para inquietarse por algo más que su propio ombligo. Hacer como si no pasase nada y esperar, invocando un otoño caldeado, esperando que el fruto caiga para recuperarlo… Como si, cuando nos encontramos sin piernas ni brazos, fuese posible marcar un tanto.

El domingo por la noche, el Partido Socialista desapareció. La formación dominaba el espacio de la izquierda desde hacia 40 años; había erigido bastiones sustentados por miles de personalidades electas, de diputados y senadores, había ocupado el Palacio del Elíseo en dos ocasiones, y ha acabado volatilizándose. Una debacle inaudita, más impresionante que aquella de 1993, considerada por aquel entonces, junto a las presidenciales de 1969, como un fracaso inigualable. Pues bien, ha sucedido, cuando comparamos los resultados, ¡el descalabro de 1993 parece ahora insignificante!

¿Cómo « Solférino », bajo la batuta de su secretario general Jean-Christophe Cambadélis, ha ensombrecido tanto para llegar hasta esta situación? La respuestas es compleja. Durante mucho tiempo la embarcación del PS ha sufrido importantes fugas y, finalmente, ha terminado hundiéndose estrepitosamente. Las pequeñas fugas están conformadas por una despolitización que no ha dejado de aumentar, la perpetuación de responsables transformados en notables que los franceses ya no pueden soportar; la conversión, justificada por los imperativos de gestión, hacia un social-liberalismo que desorienta o atraca a los electores de la izquierda; conforman un todo que ha hecho saltar la embarcación en pedazos. El hundimientos estrepitoso, ligado a los tiempos más cercanos, tiene sus raíces en el quinquenio de Hollande y en el advenimiento de Manuel Valls como primer ministro. Ambos aceleraron la catástrofe dinamitando lo que, cinco años antes, era una mayoría que disponía de ciudades, de departamentos, de regiones, del Senado y de la Asamblea Nacional.

Cuando Manuel Valls decretó que las izquierdas eran « irreconciliables », asestó el último golpe bajo al PS de Épinay, aquel de François Mitterrand. Mitterrand había constituido un camino donde se ponía fin a las izquierdas antinómicas. Su hoja de ruta respondía a un objetivo principal: convertir a las izquierdas opuestas en izquierdas reconciliables. Cuando, durante las elecciones municipales de 1976, este hombre que venía de la derecha obligó a un buen número de notables, como Gaston Defferre, a aliarse con el PC, puso en marcha « alianzas contra natura », como decía la derecha en aquella época.

A fin de cuentas, la conciliación de los irreconciliables llevó a la izquierda hasta el poder, con sus límites, sus giros, sus variaciones, y esta izquierda coja consiguió ganar diferentes elecciones, mientras los franceses descubrían nuevas políticas: una quinta semana de vacaciones, la jubilación a los 60 años, la abolición de la pena de muerte, los comités de las empresas, las 35 horas de trabajo semanal, el matrimonio para las parejas homosexuales…etc.

Teorizando sobre el fin del partido, Manuel Valls ha terminado dejando al PS en manos de la centro-derecha de Emmanuel Macron, poniendo fin a una historia que vale lo que vale, pero que Mitterrand consiguió mantener en pie durante cuarenta y cinco años.

Pues bien, el PS ha caído en picado, por sus errores y sus reveses. Es un hecho. Las flores y coronas, no son más que el pasado, fin de la conversación.

Pero esta constatación no lo explica todo. No explica cómo este berenjenal se ha extendido por toda la izquierda, ni por qué nadie ha ocupado el lugar abandonado por el PS. Y es que, en esta debacle colectiva hay otro actor central, que no aparece izado a la altura del momento histórico que, sin embargo, había creado con su propio talento, en la primera vuelta de las elecciones presidenciales.

El 23 de abril, Jean-Luc Mélénchon se convirtió, por la voluntad de sus votantes, en el número uno de la izquierda, el patrón, que atraía todas las miradas. Podía reconciliar a las izquierdas, apaciguar las divergencias, atraer a los votantes desorientados tras cinco años de ‘hollandismo”. Pero optó por echar más leña al fuego, excomulgarse, haciendo hincapié en las contracciones en lugar de sobrepasarlas. Los socialistas no eran más que « idiotas », los comunistas, « el vacío y la muerte ».

A su manera, Jean-Luc Mélenchon decretó, como Manuel Valls, aunque por razones rigurosamente inversas –uno por el colapso ideológico, el otro en nombre de la pureza-, que las “izquierdas” son irreconciliables, liquidando a sus potenciales socios. El resultado está ahí. Incluso en su propia circunscripción, Mélenchon-legislativas ha perdido terreno en comparación con Mélenchon-presidenciales (34% el domingo por la noche frente al 39% del 23 de abril).

El mal ya está hecho. La izquierda está más debilitada que nunca, lo que no significa que no se repondrá, en su diversidad y en sus contradicciones. Los cementerios políticos están poblados de resucitados. Aún hace falta que, tanto los unos como los otros, dejen de contentarse con frotarse mas manos ante las penurias de su rival. Es necesario aún que cada uno asuma sus propios descuidos.

Versión y edición española : Irene Casado Sánchez.

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