Tras las movilizaciones masivas de Francia, ¿ahora qué?

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Las demandas de los manifestantes eran múltiples pero tienen un objetivo común : elevar el debate público. Ahora la responsabilidad recae en manos del Gobierno y todo ello pese a que, desde 2012, tanto François Hollande como Manuel Valls han hecho oídos sordos a las reclamaciones del pueblo francés.

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Nunca desde la Liberación de Francia, en 1944, el país se había movilizado de semejante manera. Durante 48 horas, la sociedad francesa, en su infinita diversidad, se echó a la calle y tomó simbólicamente el poder. Al menos tres millones, quizás tres millones y medio o cuatro millones de personas marcharon el domingo, en París pero también a lo largo y ancho del Hexágono. La víspera, más de 800.000 manifestantes ya se habían manifestado. 

En este momento solo cabe sacar algunas conclusiones precipitadas para tratar de explicar este despertar ciudadano casi sin precedentes, esta gigantesca oleada democrática que se ha registrado en todas las ciudades. Sí, algunas personas también salieron a la calle por motivos muy diferentes, por no decir contrarios. Sí, estar juntos no quiere decir estar de acuerdo. Sí, esta aparente unidad nacional no significa en modo alguno la « unión sagrada ». Cualquier intento por apropiársela, cualquier deseo por reducir a un puñado de mensajes este levantamiento cívico está destinado al fracaso y al ridículo.

 © Hervé Bourhis. © Hervé Bourhis.

La multitudinaria concentración de París, sin pancartas ni reivindicaciones partidistas, fue similar a las numerosas manifestaciones registradas por todo el país. Y aparecieron algunas constantes. Por supuesto, el rechazo al terrorismo, al odio y al antisemitismo ; sin lugar a dudas, la afirmación de los valores universales y de los principios republicanos fundamentales ; y, desde luego, la expresión digna de un rechazo a dejarnos enredar en debates nauseabundos que agravan la fractura francesa. Estas constantes aparecían resumidas en las únicas pancartas ampliamente presentes en la marcha parisina : « Je suis Charlie, soy judio, soy policía, soy la República ».

Qué lejano parecía, muy lejano, este domingo, el día en que France 2 y France Inter (en realidad hacía menos de una semana) podían invitar a Michel Houellebecq en sus horarios respectivos de máxima audiencia para remover una vez más la poción infame de los fantasmas antimusulmanes... La oleada ciudadana de este fin de semana, en la diversidad de sus movilizaciones y de sus motivaciones, ha finalmente manifestado una exigencia principal : elevar a este país, elevar la política, elevar un debate público con demasiada frecuencia confiscado por los incendiarios mediocres.

Y la expresión de esta exigencia es en sí misma una victoria significativa. En primer lugar, invalida ampliamente el argumentario de todos los que hicieron un llamamiento a no manifestarse denunciando de antemano la utilización política y que la unión nacional beneficiaba al poder político. Supone olvidar que el despertar de la sociedad contra las uniones sagradas y las uniones aparentes siempre ha existido. Suponer olvidar el hecho de que los manifestantes de este fin de semana, que no se dejan engañar por los pequeños o grandes cálculos de nuestros políticos, no se manifestaron con los políticos – no hablamos ni siquiera de algunos aprendices de dictador presentes como Ali Bongo –, sino que se encuentran a años luz de estos últimos.

Esta protesta ciudadana masiva no solo se ha hecho sin ellos, también puede ser una advertencia a los responsables políticos, que casi siempre llegan tarde a los cambios sociales porque se encuentran paralizados en los cálculos de oportunidades, por no mencionar los mediocres juegos de alianzas y las pequeñas carreras electorales. El desafío lanzado a los responsables políticos y, ante todo al Gobierno, es alzar a este país, evaluar las demandas, apenas esbozadas pero afirmadas con fuerza.

¿ Se mantendrán François Hollande y Manuel Valls en la visión heredada de los neoconservadores norteamericanos post-11-S, como vienen haciendo desde 2012 ? ¿ Llevarán al país a la época de la « guerra global contra el terrorismo », que fue el mensaje enviado con la presencia de medio centenar de jefes de Estado y de Gobierno ? Una guerra ya iniciada desde hace años y perdida sistemáticamente. Y una guerra que se ilustra mediante lo que parece un enorme fiasco de los servicios policiales y de inteligencia en su incapacidad a la hora de prevenir los atentados de París y de los 17 muertos ocasionados, en su nuevo fracaso a la hora de detener vivos a los tres terroristas.

Hay otra vía para reconstruir no solo nuestra seguridad, sino para prevenir nuevas fracturas, mantener esta movilización ciudadana y revitalizar nuestra democracia. Abrir el camino significa correr riesgos, todo lo que lo que la Presidencia Hollande se ha negado a hacer desde mayo de 2012. Significa dejar de lado esta « unión sagrada » cuya única utilidad es generalmente la de desposeer a los ciudadanos para reconstruir un proyecto político que habla a la sociedad más que a los mercados, a las agencias de rating y a los actores económicos.

Significa construir una verdadera política de lucha contra el antisemitismo que no tiene nada que ver con el apoyo o no al Gobierno israelí. Implica inventar nuevos mecanismos de inclusión ya que poblaciones enteras – y no solo musulmanas – se ven marginadas, víctimas de discriminaciones masivas o sintiéndolo en la práctica como tal. Significa la responsabilidad de dar visibilidad a las minorías actualmente relegadas y continuamente obligadas a probar su pertenencia a la nación.

« Solo saldremos de esta con una revolución política », explicaba la filósofa Marie-José Mondzain, en una entrevista concedida a Mediapart, en la que señalaba : « En Francia hay una fractura fundamental en la distribución del saber y la igualdad de oportunidades. » Es lo que François Hollande se juega en las próximas semanas. O considerar que este levantamiento ciudadano solo es temporal, similar a la bocanada de unidad nacional posterior a la victoria de 1998 en el Mundial de fútbol. O usarla como palanca para reinventar un proyecto político. La probabilidad, bien es verdad, es muy pequeña... No hacerlo no es solo reducir las posibilidades de supervivencia de un Gobierno débil, sería también aumentar el riesgo de divisiones in crescendo y tender la mano un poco más a los que comercian con los miedos y a los extremistas.

Versión española : Mariola Moreno, de la redacción de infoLibresocio editorial de Mediapart

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