Édouard Philippe, el hemisferio derecho de Macron

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Con 46 años, el diputado de Los Republicanos y alcalde de Le Havre, Édouard Philippe, se convierte en el nuevo primer ministro. Un bonito golpe político de Emmanuel Macron que le permite desestabilizar a la derecha, creando un tándem con un diputado juppeista con un perfil atípico. 

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Estamos ante un nombramiento calcado a la campaña de las presidenciales: improbable. Por lo menos hasta hace diez días. Porque, cierto es, que últimamente su nombre estaba en boca de todos. Se hablaba de él como de la elección más racional de Emmanuel Macron. También la más táctica. Después de horas de negociaciones, de silencios y de especulaciones, la confirmación llegaba este lunes 15 de mayo. El diputado y alcalde de Le Havre [norte de Francia], Édouard Philippe (Los Republicanos), de 46 años, se ha convertido en primer ministro, uno de los más jóvenes de la V República.

La entrada en escena en Matignon de este hombre, próximo a Alain Juppé, es sin duda una bonita maniobra política. Al haber nombrado a un diputado, desconocido para el gran público, el presidente francés empieza a trazar la respuesta a su reiterada promesa de « renovación ». Y, sobre todo, consigue desestabilizar un poco más a una derecha que atraviesa enormes dificultades tras el fiasco de François Fillon. Mientras los dirigentes de Los Republicanos –de François Baroin a Christian Jacob–ya denuncian lo que tildan de « fuga », de « toma de rehenes » y de « aventura individual », todos saben que el golpe puede resultar fatal para su familia política.

Édouard Philippe. © lehavre.fr Édouard Philippe. © lehavre.fr

Pocos son los que conocen a Édouard Philippe pese a no ser un recién llegado. Hijo de profesores de letras y nieto de estibador, se dedica a la política municipal desde hace 16 años, tras cursar Ciencias Políticas en París. Tampoco oculta cierta admiración por Jean-Luc Mélenchon, de quien escribió un perfil en la revista Charles. Llegó a militar en el Partido Socialista cuando Rocard parecía que iba a convertirse en el sucesor de Mitterrand. « Me gustaba su visión de una socialdemocracia abierta, pero lo dejé, cansado del sectarismo intelectual de los partidarios de Laurent Fabius », reconocía a Mediapart en 2014.

Al dejar la Escuela Nacional de Administración en 1997, episodio que describe como « bastante menos divertido », entra en el Consejo de Estado, donde se especializa en Derecho Público. Pero la política no termina de deslumbrarle. « Siempre me ha apasionado, siempre me encantó », explica en el documental Édouard, mon pote de droite [Édouard, mi colega de derechas], de Laurent Cibien. Y añade: « Bien es verdad, que cuando tienes un crío de 12 años al que le apasiona la política, nunca falta alguien en la familia que pregunta: ‘¿Entonces, qué quieres ser? ¿Cuando seas mayor, quieres ser presidente de la República?’. Y como eres imbécil y tienes 12 años, es posible que un día respondiese que sí, pero eso no tiene sentido ninguno… ».

Sentido ninguno. Entonces, quizás. Pero más tarde, Édouard Philippe revisó al alza sus ambiciones nacionales. Durante 10 años, este hombre impaciente por naturaleza, liberal en todos los sentidos de la palabra, siguió los pasos de Alain Juppé y de Antoine Rufenacht. El exalcalde de Le Havre, quien le incluyó en su Gobierno de mayoría en 2011 como adjunto al frente de Asuntos Jurídicos, le cedió el sillón en 2010. En 2000, con 30 años, concurrió por primera vez como candidato a las legislativas. No consiguió entrar en la Asamblea Nacional –lo haría diez años después–, pero no le fue mal del todo aquella primera vez.

Fue Juppé quien lo descubrió y, al término de una entrevista exprés, se convirtió en uno de los pilares fundacionales de la UMP, siendo nombrado director general de servicios del partido hasta 2004. Él que « jamás había estado en un partido de derechas hasta entonces » queda impresionado por la confianza que depositó en su persona el actual alcalde de Burdeos. Los nexos entre ambos serán, desde aquel momento, inquebrantables. Se siente respaldado, incluso cuando hace « tonterías ». Empieza a sentir por él una gran admiración. A su lado « en los buenos momentos, como en los momentos de soledad, tras ser condenado, cuando éramos muy pocos », permanece « pegado » a su segundo mentor.

Cuando Juppé se exilia a Canadá, en 2004, Édouard Philippe comienza a trabajar en un bufete de abogados y se convierte en el consejero regional de Alta Normandía. A su regreso, se va con él al Ministerio de Ecología, donde apenas permanecerá dos meses, tras la derrota del alcalde de Burdeos en las legislativas obligándole a renunciar a su cartera ministerial. Durante tres años, será director de Asuntos Públicos de Areva, en pleno caso Uramin.

Durante las primarias de 2016, el flamante primer ministro se convirtió en uno de los principales portavoces de Juppé. En los platós de televisión, en las redes sociales, en los actos públicos, defiende con uñas y dientes a quien denomina « el jefe ». A algunos les molesta su brusquedad, en ocasiones. Otros prefieren alabar su seriedad. Al igual que al alcalde de Burdeos, a Philippe le gusta soltar frases con gancho. Le gustan muchas cosas en el negocio pero no pasarse horas vendiendo humo. Relativamente solo en sus propias filas, aprovecha su cargo en Los Republicanos y en el comité de organización electoral, para acabar, día a día, con los intentos de sabotaje de Nicolas Sarkozy.

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