El decretazo de Valls

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Ante la división existente en la Asamblea en las filas socialistas, el primer ministro francés, Manuel Valls, optó el 17 de febrero por no arriesgarse y aprobó la llamada Ley Macron por decreto, con el artículo 49.3 de la Constitución. Se trata de una de esas armas constitucionales de doble filo : permite obviar el debate parlamentario para pasar al ordeno y mando, pero también pone de manifiesto que el Gobierno carece de respaldo en la Cámara.

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El recurso al artículo 49.3 supone todo un símbolo político del autoritarismo de los débiles. Se trata de una de esas armas constitucionales que no existe en ninguna democracia parlamentaria. Pero se trata de un arma de doble filo. Permite obviar la deliberación parlamentaria para pasar al ordeno y mando, pero también pone de manifiesto que el gobierno que recurre a dicho decreto ya no cuenta con mayoría parlamentaria y, por tanto, tampoco dispone ya de mayoría política.

Al decantarse por esta opción, para imponer el proyecto de ley de un joven tecnócrata banquero llamado Emmanuel Macron – cuya legitimidad política emana exclusivamente del hecho de haber sido consejero económico en el Elíseo –, Manuel Valls sabe que compromete el quinquenato de François Hollande.

Le ministre de l'Economie Emmanuel Macron et le premier ministre Manuel Valls à l'Assemblée nationale ce mardi. © Reuters Le ministre de l'Economie Emmanuel Macron et le premier ministre Manuel Valls à l'Assemblée nationale ce mardi. © Reuters

El Gobierno de Manuel Valls, al parapetarse tras las instituciones de la V República – como ya hizo Dominique de Villepin, al final del reinado de Jacques Chirac –, ha soltado amarras definitivamente, prescindiendo de cualquier necesidad de alcanzar acuerdos políticos, puntos de encuentro, negociaciones. Al servirse de esta arma, niega todas las críticas que históricamente han hecho los socialistas de la « mordaza parlamentaria » a la que siempre puede recurrir el Ejecutivo.

¡ Hete aquí lo peor de la V República ! En esta fortaleza, ahora con los puentes levadizos cerrados, la única certeza que existe es la de poder llegar a próximas citas electorales. Es verdad, el sistema perdura, el presidente preside, el primer ministro gobierna y Manuel Valls hace de Manuel Valls, en nombre de un supuesto « interés general » del que se erige como garante exclusivo. Lejos, muy lejos de la sociedad y de las fuerzas políticas que les han aupado al poder.

Liberado del cumplimiento de cualquier mandato, de cualquier compromiso, excediéndose como autoridad para ocultar mejor el tremendo vacío, la borrachera solitaria puede continuar durante un tiempo mientras se enarbolan algunos lemas vacíos – « el interés de los franceses », « la necesidad de la reforma », el « asumimos responsabilidades », por parafrasear al primer ministro este martes 17 de febrero. Pero al concluir con estas fórmulas-fanfarronadas, la resaca aparece y, tras ella, la debacle electoral.

Por supuesto, el Gobierno lo sabe ; ya conoce las terribles consecuencias de quienes utilizaron este recurso parlamentario. Sin embargo, Manuel Valls y François Hollande consideran que a día de hoy tienen legitimidad para hacer algo que no habrían hecho hace unos meses. Porque evidentemente el contexto político ha cambiado y el Gobierno cree que está en condiciones de construir todo un mecanismo que pueda salvarle en 2017.

Este contexto tiene un nombre. Se trata del famoso « espíritu del 11 de enero », nacido, según parece, de las numerosas movilizaciones ciudadanas que siguieron a los atentados de París. En este despertar de la sociedad y del país, se pueden extraer dos conclusiones, dos apuestas. Que el Gobierno se abra a la sociedad, reconstruya los puentes rotos, se muestra atento a las fracturas existentes en el país, a sus ángulos muertos, que innove en términos de políticas sociales y se inspire de esta « política del care », del « cuidado »

Sin embargo, el Gobierno se ha decantado por la segunda opción. Ha optado por la imposición y por acelerar que, ocultándose tras la escenografía de la relación directa con los franceses, permite eliminar todos los intermediarios, partidos, sindicatos, Parlamento, mayoría.

Manuel Valls lo puso de manifiesto el lunes en RTL y después el martes en la Asamblea, en un tono que le gusta especialmente, el del primer ministro fuerte que sabe asumir su autoridad y que no tiene miedo de llamar a las cosas por su nombre. « Es el momento de la ruptura », dijo en RTL. Sarkozy abusó de la postura. Valls, por ahí le anda. Con este resultado que deja estupefacto, estamos en guerra ya que así lo quiere el primer ministro.

Porque, no contento con romper su mayoría parlamentaria, el Ejecutivo sumerge a este país en un ambiente que recuerda más a un cuartel militar, donde la llamada a la movilización, a la « formación » y a la izada de banderas parecen conformar la nueva agenda. ¿ Qué dijo Manuel Valls el lunes por la mañana, tras el atentado de Copenhague y después de haberse profanado un cementerio judío en el Bajo Rin ? El primer ministro proclama la « guerra ». Aseguró que debía hacer « la guerra al islamofascismo, en el exterior, pero también en el interior », en el país, combatiendo el yihadismo. Y al mismo tiempo, añadió, « el islam de Francia tiene que asumir todas sus responsabilidades y así lo que pide la inmensa mayoría de nuestras compatriotas musulmanes ».

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