La economía de Japón, víctima de su propia pasividad

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El metro de Tokio –por la pulcritud de sus instalaciones, la puntualidad, las continuas ampliaciones y por el número de pasajeros que transporta a diario y su comportamiento–, poco tiene que ver con el de Londres o el de París (sobre todo con éste último). Recorrer un trayecto en el suburbano de la capital japonesa continúa siendo una aventura postindustrial. Especialmente desde que entramos en la era universal de la telefonía móvil. Porque en el metro nadie usa el teléfono... para llamar. La prohibición se respeta escrupulosamente. Pero también supone toda una lección de economía ya que, aunque la mayor parte de los pasajeros no levanta la vista del smartphone el tiempo que dura el trayecto, los terminales que llevan son, casi en su totalidad, de origen extranjero. Todo un cambio sistémico.