Thomas Frank: cómo la izquierda estadounidense abandonó a sus electores

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El ensayista estadounidense Thomas Frank aborda en su último libro, Listen, Liberal, cómo los demócratas prefirieron a las élites financieras en vez de a las clases populares. También explica los factores que llevaron a Trump a ganar las elecciones y cómo podría ser reelegido en 2020.

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El periodista y ensayista norteamericano Thomas Frank, 53 años, fue noticia en 2004, con Bush en la Casa Blanca, con una obra titulada What’s the Matter With Kansas? [Qué pasa con Kansas]. En ella analizaba, a partir del Estado que le vio nacer, Kansas, cómo las clases populares rurales, antaño a la vanguardia del progresismo norteamericano, habían pasado a votar mayoritariamente a los conservadores. En su opinión, el hecho de que la derecha impulsara cuestiones que causan gran controversia cómo el derecho a llevar armas de fuego, el matrimonio homosexual o la religión, permitió a los conservadores dirigir el enfado de los electores de la parte más baja de la escala social hacia las élites de izquierdas, al tiempo que aplicaban políticas neoliberales salvajes en detrimento de esos mismos electores.

Aunque otros autores pusieron en cuestión la tesis de Thomas Frank, ésta sigue siendo pertinente para comprender la « revolución conservadora » que domina Estados Unidos desde los años 80. Le faltaba un elemento a este análisis, que Frank ofrece en un libro, como si fuese una segunda parte (la versión inglesa se publicó en 2016 con el título: Listen, Liberal). En él cuenta cómo el Partido Demócrata abandonó a las clases obreras y populares, que constituían su base electoral, para convertirse en una « izquierda en limusina » o el partido de los pudientes, las élites financieras, artísticas, tecnológicas.

Publicado antes de la elección de Donald Trump, esta obra se ha convertido en lectura obligatoria después del acceso del multimillonario a la Casa Blanca para comprender lo sucedido. Por desgracia, tal y como lamenta Thomas Frank, los demócratas norteamericanos no parecen dispuestos a cuestionar ni a analizar las profundas razones de su derrota.

Thomas Frank en 2012. © Larry D. Moore/Creative Commons Thomas Frank en 2012. © Larry D. Moore/Creative Commons
El libro presenta la situación de los demócratas en Estados Unidos, pero lo que cuenta también es aplicable al Partido Socialista en Francia, al SPD alemán, al Laborismo británico…

Thomas Frank: Sigue resultado difícil trasladar un factor de explicación a diferentes países, pero sí y es especialmente cierto en el caso de Reino Unido, que ha seguido el ejemplo norteamericano. Tony Blair era un admirador de Bill Clinton y siguió el mismo camino, lo que resultó terrible para Reino Unido: las guerras, el aumento de las desigualdades y la destrucción de los servicios públicos.

Sin embargo, hoy, 25 años después de la « triangulación » de Bill Clinton, 20 años después de la Tercera vía de Tony Blair, los partidos socialdemócratas persisten en la misma vía.

¡Lo único que hacen es empeorar las cosas! Desde mi punto de vista, el principal problema en Estados Unidos es la desintegración de la clase media, fruto de las decisiones políticas y económicas tomadas. Y que tomaron –por supuesto– los conservadores. Pero, en un sistema político con sólo dos partidos, no son los únicos responsable. Vivimos en una era conservadora desde hace 50 años con la elección de Richard Nixon (en 1968), pero sólo es la mitad de la ecuación. ¿Qué ha hecho la oposición? Cuando se analiza la cuestión, resulta evidente que Bill Clinton tiene más responsabilidad en el calado del programa conservador que Ronald Reagan: la adopción del Acuerdo de Librecomercio Norteamericano (Alena, por sus siglas en inglés), que era una idea republicana, la reforma del seguro por desempleo, la encarcelación masiva de los delincuentes. La desregulación bancaria fue una gran idea de los republicanos que nunca consiguieron someter a votación, algo que hizo Clinton. Lo que me trae de cabeza, a día de hoy es que incluso después del cataclismo de 2016, los demócratas siguen sin entenderlo.

¿Aunque Bernie Sanders estuviese a punto de ser el candidato demócrata en 2016?

¡Sí! Sanders es el político más popular en Estados Unidos hoy y la mayoría de los estudios dicen que se habría impuesto a Donald Trump, pero los demócratas cuentan con un dique psicológico. Prefieren culpar a Rusia de la derrota de Hillary Clinton que culparse a sí mismos. El otro día, ¡incluso llegaron a denunciar ante la Justicia a Rusia!

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El Partido Demócrata ¿sigue actualmente tan dividido entre partidarios de Clinton y los de Sanders?

Sí, al 50-50. Pero hubo un gran desbarajuste después de las elecciones de 2016 y las personas del entorno de Clinton consiguieron tomar las riendas del partido y parece que no es algo pasajero. Tienen dinero, tienen las redes y tienen los dos periódicos más influyentes del país, The New York Times y TheWashington Post, que les dan todo su apoyo.

En un libro anterior, [Por qué los pobres votan a la derecha], presentaba al Partido Republicano como al hombre del saco: armas de fuego/religión/homosexualidad con el fin de sumar a las clases populares a su causa, promoviendo políticas contrarias a sus propios intereses económicos. La izquierda, ¿no hizo lo mismo priorizando avances sociales, como el matrimonio homosexual, por ejemplo, para camuflar políticas económicas neoliberales? 

Desde luego. Mi libro es una continuación del anterior: los demócratas tenían su propia versión de la estrategia republicana. En los dos casos lo que se perdió fue la esencia de los partidos de izquierdas, es decir, el Estado del bienestar. Y los abandonados fueron los electores de izquierdas, la clase obrera y sus prioridades. En el caso del Partido Demócrata en Estados Unidos, se hizo de forma transparente: sus dirigentes dijeron claramente que preferían a las clases superiores, que es lo que en mi libro denomino las clases profesionales.

En parte, ¿no se debe a la desaparición de la clase obrera, a día de hoy sustituida por persona que tiene títulos y trabajos infrapagados en la industria de los servicios?

Es verdad, la clase obrera ha disminuido mucho por la desindustrialización. Pero la gente que vende su fuerza laboral para vivir sigue representando el 80% de la población. Sólo que ocupan trabajos diferentes. Y es verdad que en Estados Unidos hay muchos jóvenes con estudios superiores porque se les ha dicho que era necesario y que se encuentran muy endeudados, realizando trabajos mal pagados. Es el nuevo proletariado. Las palabras han cambiado, pero la necesidad de políticos de izquierdas es tan grande como antes.

Bernie Sanders lo entendió perfectamente en las primarias de 2016. Y Donald Trump también, aunque se sabía que en su caso todo era pura retórica. 

Sí, ambos fueron el fenómeno de 2016. ¡Fue una erupción política! Y barrieron las viejas políticas al estilo Clinton, pero hoy resulta imposible hacer entender eso a los dirigentes demócratas. Sin embargo, es el Partido Demócrata el que supuestamente encarna la tradición populista desde 1890. Y Trump deliberadamente se ha apoderado de la línea de Sanders. Y como es incapaz de guardar un secreto, lo admitió abiertamente en la convención republicana cuando exclamó: « Lo que acabo de decir, Sanders lo decía antes que yo, pero lo estropeó Hillary Clinton, así que ¡vótenme! ». Por supuesto, no hace nada de lo que prometió ahora que es presidente.

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Desde la crisis de 2008, la cuestión de la desigualdad es una preocupación fundamental, también en Estados Unidos, lo que supone una novedad. 

Si escucha el discurso de inauguración de Trump, constatará que es una larga lamentación sobre la desindustrialización. Por supuesto, lo hizo de forma muy agresiva. Pero Trump es un oportunista y un oportunista se apoya sobre lo que ya existe, sobre el sentimiento popular.

La campaña americana de 2016 también puso en cuestión un axioma que se creía intocable: el candidato que tiene más dinero, gana.

En realidad, dos axiomas, que eran la esencia del clintonismo: el que recauda más dinero, gana y el que se acerca más al centro, vence. Y los dos van de la mano: los demócratas no dejan de repetir desde hace varias décadas que hay que recaudar más dinero que los republicanos para ganarlos y que, para ello, hay que acabar con todas las viejas políticas de izquierdas. ¡Hillary recaudó dos veces más dinero que Trump, pero perdió! El otro axioma que saltó por los aires, es la creencia, desde Obama, de que la todopoderosa Silicon Valley permitiría ganar las elecciones gracias a la movilización en internet. El presidente de Google, Eric Schmidt, participó en la campaña de Hillary. Y, enfrente, estaba Trump en su rincón tuiteando tonterías y resultó ser más fuerte.

Pese a ello, dice que los demócratas siguen sin haber actualizado su software.

En mi libro, explico el cambio que se produce cuando la generación de los años 60 llega al poder. Bill Clinton es su único líder y el clintonismo la expresión de esta generación que abraza « la edad de la información ». Las elecciones de 1992, cuando Clinton, un baby-boomer, venció a Bush padre, un veterano de la Segunda Guerra Mundial, son emblemáticas respecto a este cambio. Hoy, admitir que se equivocaron y que habría que tener otras prioridades, supondría admitir que este cambio de generación fue un error. Hay una dimensión psicológica en ese rechazo al cambio de política que supondría negar lo que son. Además, está la cuestión del dinero, que es subterránea, pero crucial: el clintonismo ha permitido a mucha gente, Bill y Hillary en primer lugar, hacerse ricos. Y se puede preguntar si el Partido Demócrata tiene ganas realmente de ganar elecciones o si le basta con reunir dinero y distribuirlo entre sus dirigentes y todos los que gravitan a su alrededor.

Pero hoy, los Clinton han desaparecido, ya no van a ser candidatos. ¿No hay una nueva generación de demócratas con ideas diferentes?

Odio admitirlo, pero me equivoqué: en 2008, estaba muy entusiasmado con la victoria de Barack Obama, sobre todo porque pensaba que iba a poner fin a la dominación de los Clinton en el Partido Demócrata. Y he aquí que este joven brillante, que sabe muy bien lo que tiene que hacer, eligió a Hillary Clinton como secretaria de Estado y ¡después como su sucesora!

En el último número de Harper’s Magazine, escribe un ensayo en el que vaticina la reelección de Trump en 2020.

Si la economía sigue creciendo al ritmo de los últimos meses y el paro sigue bajando, corremos el riesgo de pasar por el mismo fenómeno que se produjo con Bill Clinton a finales de los años 90. Pasó de presidente odiado a presidente adorado, mientras que el Congreso estaba tratando de destituirlo. Todo esto gracias a una economía muy dinámica y un nivel de paro tan bajo que los salarios aumentaban. Hoy, Trump ha nombrado a varios asesores en los ámbitos económico y financiero que son fanáticos del crecimiento, que quieren pisar de verdad el acelerador. Además, los republicanos son muy hipócritas: hace un siglo que dicen querer luchar contra el déficit, impidieron que Obama recurriera al déficit, pero ahora, en la última ley sobre impuestos, han aceptado el aumento del gasto y el aumento del déficit. Hacen todo para estimular el crecimiento. ¡Y esa es la vía para la reelección de Trump!

Versión española : Mariola Moreno, infoLibresocio editorial de MediapartEdición Irene Casado Sánchez.

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