Irak: el grito de una juventud abandonada

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A pesar de la represión cada vez más violenta, con un balance de más de 100 muertos y 4.000 heridos, las manifestaciones continúan en varias ciudades iraquíes. Desde el pasado viernes 4 de octubre, los francotiradores han entrado en escena. Por primera vez, el conflicto, que enfrenta a jóvenes chiitas con un gobierno de la misma religión, no es interconfesional.

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¿Quiénes son y quiénes les dirige? Nadie lo sabe con certeza pero, desde el viernes 4 de octubre, se ocultan en las calles de Bagdad para matar, fría y metódicamente, apuntando a la cabeza y eligiendo minuciosamente sus objetivos entre los manifestantes. Algunos acusan, a través de las redes sociales, a francotiradores de élite de la policía; otros a células inactivas del Estado Islámico (EI). Otros, más numerosos, apuntan a milicias proiranís que campan por todo el territorio iraquí y a quienes ya se ha visto disparar a la muchedumbre. No hay ninguna certeza, pero la entrada en escena de francotiradores demuestra que Iraq se encuentra atrapada en una espiral de violencia cada vez más incontrolable. 

Un manifestante herido es evacuado, el 5 de octubre, en Bagdad, durante una manifestación contra el Gobierno. © Reuters Un manifestante herido es evacuado, el 5 de octubre, en Bagdad, durante una manifestación contra el Gobierno. © Reuters

Según varios balances, como el realizado por el Ministerio iraquí de Sanidad y la agencia de prensa Reuters, la jornada del domingo 6 de octubre se saldó con un total de 100 muertos, muchos de ellos por bala, y unos 4.000 heridos. La mayoría de los fallecidos fueron identificados en las siguientes 48 horas. A excepción de algunos policías, las víctimas son jóvenes chiitas –los sunitas y los kurdos no participan en las manifestaciones- que, desesperados ante la ausencia total de futuro, salieron, el pasado martes, a las calles de la capital, también de pequeñas y grandes ciudades al sur del país. El domingo 6 de octubre, el gran suburbio chiita de Sadr City, cerca de Bagdad, se vio salpicado por fuego y sangre.

Para el primer ministro iraquí Adel Abdel-Mehdi, la gota que habría colmado el vaso habría sido, hace unos diez días, el cese del general de tres estrellas Abdel-Wahhab al-Saadi de su puesto como comandante de la sección antiterrorista, para enviarle a perder el tiempo a una lóbrega oficina del Ministerio de Defensa. El oficial es considerado como un « héroe nacional », en particular por la juventud chiita iraquí, que ha seguido sus éxitos militares, a la cabeza de la célebre « División Dorada », la principal unidad iraquí en la lucha contra el Estado Islámico, durante las batallas de Baji, Tikrit, Falloudja y Mosul. A diferencia de otros generales iraquís, él se dejaba ver en primera línea. 

« ¿Cómo han podido echarle? Era el único responsable del país competente y sin corromper. Nada funciona en Irak y el único quehacer que ha encontrado este Gobierno es echarle », se indignaba entonces Mohammad Y, un ingeniero residente en Bagdad.

Unos días más tarde, Irak estallaba. Si bien las manifestaciones comenzaron el pasado martes en Bagdad, rápidamente se extendieron al sur del país –en particular a las ciudades de Nassirya, Amara, As-Shatrah o Hilla -, región de donde procede de la familia del general Saadi.

¿El despido del oficial es realmente la chispa que desató la cólera popular? « Hubiera estallado incluso sin su destitución, digamos que fue la provocación de más -responde la politóloga Myriam Benraad, investigadora asociada en el Instituto de Investigación y Estudios sobre los Mundos Árabes y Musulmanes (Iremam) y autora de L’Irak, par-delà toutes les guerres: idées reçues sur un État en transition (Irak, más allá de todas las guerras: ideas sobre un Estado en transición, editado por Le Cavalier bleu)-. El general Saadi no solo era apreciado por la juventud chiita, sino también por los sunitas, por las minorías en general, e incluso por los kurdos. Y este hombre, visto por la población como providencial, ha sido revocado por personas que son mal consideradas por el pueblo. No es de extrañar que esto termine mal ».

Sin tener en cuenta que las razones que alimentan la cólera y la indignación no faltan en Irak. « Las manifestaciones en Irak son el grito de una juventud abandonada y desesperada. Son espontáneas, no partisanas, nadie las manipula, como el poder trata de hacer creer », se exalta el politólogo y especialista en Oriente Próximo Khattar Abou Diab. Subraya que, a pesar de las ganancias del Estado ligadas al petróleo -entre 400.000 y 500.000 millones de dólares desde la caída de Saddam Hussein en 2003-, los servicios públicos son inexistentes o están abandonados a su suerte. Actualmente, Irak exporta 3,5 millones de barriles de petróleo al día.

El balance es terrible: el desempleo alcanzaría el 40% y afectaría a uno de cada cuatro jóvenes en Bagdad. Los cortes de electricidad ocurren a diario y la falta de agua potable afecta a localidades del sur del país. Los funcionaros reciben sus pagas con meses de retraso, aunque son indispensables para el funcionamiento del país. Pero, lo que también explica la cólera popular, es la corrupción que devora a toda la clase política: Irak es el décimo país más corrupto del mundo.

A este problema se añade otro: la extrema violencia de la represión ejercida por las brigadas antidisturbios que, desde las primeras horas de las manifestaciones en Bagdad, dispararon con balas reales a los manifestantes para dispersarlos e impedirles entrar en la « zona verde » de la capital, donde se encuentran reagrupadas las principales instituciones y las embajadas extranjeras. « Los errores y la lentitud del Gobierno no justifican los excesos de los manifestantes, pero estos excesos tampoco justifican la violencia de las fuerzas del orden », reconocía hace unos días un alto diplomático iraquí, actualmente en Bagdad. Después, se sumaron los tiros de los francotiradores.

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