Irak: los interrogantes tras la liberación de Mosul

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La caída de Mosul, después de nueve meses de combates, deja entrever la inexistencia de un plan nacional o internacional post-Daech. La ciudad corre el riesgo de ser el laboratorio de aquello en lo que podría llegar a convertirse toda la región, alejada de cualquier tipo de reconciliación nacional.

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El Ejército iraquí y las fuerzas de la coalición internacional han necesitado 265 días para recuperar el control de Mosul. 265 días de feroces combates, que han puesto de manifiesto que el Estado Islámico había adquirido capacidades militares desproporcionadas comparadas con los 1.000-2.000 combatientes que tomaron, en junio de 2014, en menos de 48 horas, la segunda ciudad iraquí, aprovechando la huida poco gloriosa del Ejército regular. Pero también han sido 265 días de sufrimiento extremo para una población –según estimaciones realizadas al comienzo de la ofensiva, el 17 de octubre de 2016 por la mañana– de alrededor de 1,2 millones de habitantes. El primer ministro iraquí Haider al-Abadi puede cantar victoria, sí, pero el coste es exorbitante.

Además, la ciudad todavía no está completamente bajo el control de las unidades de élite iraquíes del Counter-Terrorism Service (CTS). Aún existen algunos reductos, uno de ellos a lo largo del Tigris, en manos de chechenos y caucásicos, que todavía no han podido ser recuperados. Buena parte de los responsables del Estado Islámico, anticipando la caída de la ciudad, parece que huyeron mucho antes del comienzo del asedio, al menos en marzo de 2016. Ninguna noticia del autoproclamado « califa » Abu Bakr al-Baghdad desde que, en noviembre de ese mismo año, pidió a sus hombres que luchasen hasta el máximo sacrificio: « Mantener la posición en el honor es mil veces más sencillo que replegarse en la vergüenza ». Se dirigía a los casi 5.000 yihadistas que defendían la ciudad y que lucharon hasta perder la vida.

En Mosul, el 9 de julio de 2017. © REUTERS/Alaa Al-Marjani En Mosul, el 9 de julio de 2017. © REUTERS/Alaa Al-Marjani

Los combates en las ciudades de Ramadi, Tikrit o Falluya –recuperadas con gran dificultad de las manos del Estado Islámico en los meses anteriores a la ofensiva sobre Mosul– no habían sido tan encarnizados ni las técnicas aplicadas por los yihadistas tan diversas, innovadoras o, incluso, sofisticadas (como la utilización de drones cargados de explosivos). ¿Hay que ver en ello la mano de los antiguos servicios de seguridad de Sadam Hussein, muchos de los cuales son oriundos de Mosul, que habrían pasado del rais al califa? Sin duda, aun cuando la dirección de la organización la controlan fundamentalmente políticos y religiosos, sin que nunca los partidarios de Sadam Hussein hayan tomado el control.

En definitiva, la batalla de Mosul ha marcado un punto de inflexión en la apreciación del fenómeno yihadista en la región, hasta entonces tratado como las precedentes insurrecciones. Porque el 17 de octubre de 2016, cuando las fuerzas iraquíes y de la coalición internacional, que aglutina a una cuarentena de países, entre ellas cuatro grandes potencias, parten al asalto de Mosul, esperan una resistencia férrea de los alrededor de 5.000 combatientes del Estado Islámico atrincherados en la zona, pero nunca combates de semejante amplitud. El general Joe Votel, jefe de las fuerzas americanas en Oriente Medio, consideraba entonces que la ofensiva se acabaría a finales de enero, mientras que el secretario de Estado de Defensa de Barack Obama, Ashton Carter, quería verla finalizada antes de la investidura de Donald Trump como presidente en la Casa Blanca.

No obstante, la caída de Mosul es una victoria militar porque pone punto y final al sueño de un califato a caballo entre Irak y Siria, con la voluntad de ampliarlo hasta Jordania, Líbano y a los lugares santos de La Meca y Medina. Un territorio que pretendía ser el refugio de todos los musulmanes que no querían vivir en « tierra impía » como había anunciado Al Baghdadi en su célebre y único sermón de julio de 2016, pronunciado desde la mezquita antigua de Al Nouri, cuyo famoso minarete inclinado ha sido recientemente destruido.

En Mosul, el 9 de julio de 2017. © Reuters En Mosul, el 9 de julio de 2017. © Reuters

No obstante, si bien es verdad que Daech ha perdido su base territorial, que ya no puede entrenar a combatientes ni disponer de medios logísticos, no ha sido totalmente machacado. Y lo ha sido menos porque siempre anticipó su derrota, en especial desde 2016, cuando se dieron órdenes a todos los musulmanes de llevar la guerra santa por todo el mundo y no sólo desde el califato. Ahora, ha llegado el momento de la dispersión...

Además, aunque ha perdido Mosul y ya no cuenta con continuidad territorial entre Irak y Siria, sigue conservando amplias zonas territoriales. En Irak, la ciudad de Tall Afar, cerca de la frontera siria; la región de Hawija y una gran parte del desierto, en el oeste del país, donde ha organizado bases para replegarse. En Siria, todavía conserva Raqqa, las ciudades de Mayadin, Deis ez Zor y Abu Kamal en la frontera con Irak. Se expandió por Egipto, Libia, Yemen, Nigeria, Afganistán, en las zonas tribales paquistaníes, en el Kurdistán iraní, en Filipinas...

Sin embargo, la batalla de Mosul no ha resuelto en lo más mínimo los problemas que le permitieron florecer. Y se ha llevado a cabo a costa de destruir la ciudad, convertida ahora en un campo de ruinas todavía trufado de explosivos, lo que impide el regreso de la población. Quizás podría, pero no encontraría ni agua ni electricidad, mientras que las temperaturas rondan los 50ºC. Quizás lo desearía, pero no habría nadie para ocuparse de ella, ninguna Administración, por no hablar del inmenso vacío político en el seno de la comunidad sunita. Así es tanto dentro como fuera de la ciudad, donde no hay ningún campamento para acoger a los.... 900.000 refugiados.

Lo que también sorprende a todos los observadores, es que hasta la fecha no existe ningún plan, ni nacional ni internacional, previsto para el post-Daesch. Bien es verdad que las unidades del CTS parecen haber dado muestras en su reconquista de la ciudad de cierta contención, sin la cual las pérdidas civiles sin duda habrían sido mucho mayores, lo que explica también por qué los combates han durado tanto tiempo. Pero dejando a un lado esta preocupación por evitar una hecatombe, que responde probablemente a un cálculo político para evitar que el resentimiento de los habitantes de Mosul hacia Bagdad vaya a más, éstos no han recibido ninguna atención por parte de las autoridades iraquíes: ha reinado la estrategia de la victoria militar; la reconciliación nacional no estaba en el orden del día de la batalla. Sin embargo, es uno de los principales desafíos del post-Mosul.

Con una ciudad destruida en un 80%, una población sunita castigada por Bagdad desde la caída de Sadam Hussein, atrapada y después traumatizada por el asedio y ahora abandonada, existe un enorme riesgo de que el pasado se reproduzca. En octubre de 2016, la investigadora Loulouwa al-Rachid alertaba en una tribuna de que « incluso una vez pulverizado el Estado Islámico, si los problemas no se resuelven, un nuevo avatar clandestino puede reaparecer, más violento y más vengativo ».

Sin embargo, lo peor se ha evitado. Lo peor habría sido que las milicias chiitas proiraníes, que soñaban con vengarse después de las masacres civiles chiitas perpetradas por el Estado Islámico, participasen en los combates. Pese a las presiones, Haider al-Abadi ha sabido ser suficientemente firme como para prohibirles acercarse a la ciudad. « Por petición expresa de los norteamericanos no han intervenido directamente en la batalla para recuperar Mosul », subraya el investigador David Rigoulet-Roze, director de la revista Orientes estratégicos. « Washington hizo saber que si el primer ministro iraquí no les retenía, no proporcionarían apoyo logístico y de fuego americano, sobre todo aéreo, vital para el triunfo de la ofensiva sobre la ciudad. De manera suficiente explícita para que Haider al-Abadi dé continuidad ». « Hoy, los vencedores se reparten los restos de la reconquista de la ciudad, sin haber resuelto las cuestiones de fondo. Es ahí donde se encuentra, en el tablero político, el fantasma de la cuestión sunita. Haría falta que Bagdad anunciase algo consistente en la materia. Los sunitas reclaman una forma de autonomía, pero Haider al-Abadi lidia con la del Kurdistán, ya proclamada. Además, le hace falta mantener un cierto equilibrio con sus apoyos: tener en cuenta la opinión de Teherán, que no es partidario, mantener a raya a las milicias chiitas... ».

Con o sin autonomía, en esta parte de Irak se dibuja la aparición de un Sunistán, con Mosul como capital. La ciudad, que tenía casi 2,5 millones de habitantes en 2014, ya no será sin duda la ciudad mosaico, multiétnica y multiconfesional, que fue. Los en torno a 35.000 cristianos tampoco tienen intención de regresar –eran 60.000 en 2003, durante la invasión norteamericana de Irak–; no son más numerosos los chiitas, a menudo denunciados por sus vecinos sunitas; ni los kurdos, convertidos en enemigos acérrimos de los sunitas y de las milicias chiitas. En cuanto a la pequeña minoría yazidí, ha sido prácticamente exterminada.

Hoy derrotado, el Estado Islámico, en solo tres años de vida, habrá logrado remodelar profundamente Irak. Y cabe temer que Mosul y su provincia sean el laboratorio de aquello en lo que podría llegar a convertirse toda la región.

Versión española : Mariola Moreno, infoLibresocio editorial de Mediapart, e Irene Casado Sánchez. Edición Irene Casado Sánchez.

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