Siria, año nueve

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Mientras el régimen reclama la victoria, los tres coautores del libro In the Head of Bachar al-Assad examinan para Mediapart la situación en Siria, que está entrando en su noveno año de guerra. Subhi Hadidi, Farouk Mardam-Bey, ambos sirios, y Ziad Majed, un investigador libanés, sostienen que no se puede hacer nada en el futuro sin Rusia, lo que hace imposible volver a la situación anterior a 2011.

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En Daraa, cuna de la insurrección siria recuperada por el régimen en julio de 2018, así como en Dier ez-Zor, que durante mucho tiempo fue también un bastión de la revuelta, las grandes estatuas de Hafez al-Assad, derribadas por los rebeldes, han reencontrado sus pedestales.

Su hijo, Bachar, ha hecho de ello una prioridad cuando la reconstrucción no está aún a la vista. Para él es una manera de probar que ha ganado definitivamente la guerra, de humillar a los vencidos y de mostrar que Siria ha vuelto totalmente –y para siempre– a ser propiedad de su familia. « Asad para la eternidad », corean sus partidarios.

No obstante, en el país alauita, en particular en Latakia y Tartús, a falta de estatuas, los carteles testimonian una realidad mucho más compleja: estos son en honor de Vladimir Putin. En los pueblos de la montaña alauita los carteles son tan numerosos como los del dictador sirio y algunos alaban al presidente ruso llamándole... Abou Ali Putin, en referencia al imam Ali, personaje central de la doctrina religiosa alauita. Una forma simbólica de santificar al dirigente ruso por su intervención militar, al verle la comunidad alauita como el « salvador ». Una forma también de indicar a Bachar al-Assad que él no es el único dueño del destino de su país y que debe contemporizar con sus aliados, Rusia e Irán. De ahí la fragilidad del dictador sirio, contrariamente a las apariencias.

Bachar al-Assad y Vladimir Poutine, en la región de Latakia en Siria, el 11 de diciembre de 2017. © Reuters Bachar al-Assad y Vladimir Poutine, en la región de Latakia en Siria, el 11 de diciembre de 2017. © Reuters

« Tenemos la sensación global de que la guerra en Siria ha terminado pero, en realidad, no lo ha hecho -insiste Farouk Mardam-Bey, uno de los tres coautores de In the Head of Bashar al-Assad y director de la editorial Sindbad/Actes Sud-. Es verdad que los combates han terminado en la mayor parte de las regiones, pero queda un cierto número de accesos a asentamientos de los que se ignoran las consecuencias: ¿qué va a pasar en Idlib [la última provincia aún en manos de los insurgentes]? ¿Qué va a pasar al Este del Éufrates, que representa un tercio de Siria y escapa todavía al régimen? ¿Qué será de los kurdos? ¿Cómo serán las relaciones entre Rusia y Turquía? Sin contar con que los iraníes no pueden abandonar el territorio sirio debido al conflicto israelo-palestino, gracias al cual son populares en el mundo árabe, y que intentarán empujar todo lo que puedan en dirección a la frontera con Israel, lo que pondrá a los rusos en una posición incómoda ya que consideran a Siria como su coto cerrado. No se puede entonces decir que el asunto sirio esté arreglado y que se ve claramente lo que va a pasar ».

En el seno del régimen aparecen ya fuertes tensiones. « De hecho, esta guerra ni siquiera la ha ganado el clan Assad ni la familia Assad -añade Subhi Hadidi, editorialista del diario Al-Quds Al-Arabi y responsable de su suplemento cultura-. Porque el conflicto está en el seno mismo de la familia, entre Bachar y su hermano pequeño Maher, en el tema de las relaciones con Rusia e Irán. A veces con enfrentamientos militares directos, como los que se produjeron en Hama, en Alepo, en la 4ª División Motorizada en los alrededores de Damasco e incluso en el interior de la comunidad alauita ».

Si hay un « padre de la victoria », añade este intelectual, ese no es Bachar al-Assad. La comunidad alauita prefiere de lejos a Souheil al-Hassan, un general de división alauita, que es visto como un héroe y un símbolo de esta victoria. Conocido como An-Nimer (« el Tigre ») por su valentía en el combate y por su capacidad de luchar en primera línea, este oficial es también famoso por su incorruptibilidad y su crueldad.

Procedente de los servicios de inteligencia del Ejército del Aire, el más temido de los ocho servicios de seguridad sirios, había dado orden a sus hombres, colocados detrás de las fuerzas de represión de las manifestaciones cuando el levantamiento era aún pacífico, de verificar que éstas dispararan sin dudar sobre las masas. Después ha participado en numerosas batallas, ha triunfado en muchas y hoy encabeza lo que en Siria se llama el 5º Cuerpo. Se le ha visto oponerse a la 4ª División Motorizada que manda Maher al-Assad, el hermano de Bachar, al ministro de Defensa, al jefe del Estado Mayor y a veces al mismo Bachar al-Assad, indica Subhi Hadidi.

Bachar al-Assad y Hassan Rohani, en Téhéran, el 25 de febrero de 2019. © Reuters Bachar al-Assad y Hassan Rohani, en Téhéran, el 25 de febrero de 2019. © Reuters

Detrás de estos conflictos entre personas se ocultan evidentemente grandes intereses económicos, peleas de mafias –la mafia rusa estaba presente en Siria incluso antes de la guerra– y rivalidades entre Estados. En el juego sirio, tan complicado, Souheil al-Hassan aparece como el hombre de Moscú; como prueba, Putin le ha condecorado en público.

Maher, por su parte, defiende a Irán; sus mafias ya no trabajan con Rusia. Hoy, esta batalla entre el 5º Cuerpo y la 4º División Motorizada se localiza en los pueblos alauitas de las afueras de Hama. Pero concierne también al conjunto de oficiales superiores alauitas, que deben ahora elegir de qué lado estar. Así que miran en dirección de Bachar al-Assad, que no parece haberse pronunciado aún. « Necesitan que se decida. Para ellos es un problema existencial », precisa el editorialista.

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