Jamal Khashoggi, un reportero entre dos mundos

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El periodista saudí fue asesinado por aquellos que temían las críticas, aunque mesuradas, de un hombre que seguía siendo un patriota, pero que defendía un futuro diferente para Arabia Saudí.

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Si, como sugieren las filtraciones publicadas por la prensa turca en las últimas dos semanas, Jamal Khashoggi fue asesinado de una manera particularmente sangrienta, las circunstancias de su muerte reflejan sobre todo la brutalidad de quienes encargaron el asesinato. Porque el periodista saudí no había hecho nada para merecer acabar sobre una mesa de amputaciones improvisada, en su propio consulado de Turquía, donde había acudido a buscar unos documentos administrativos para poder casarse.

Contrariamente a lo que se ha podido escribir en alguna ocasión, Jamal Khashoggi no era un férreo opositor de la monarquía saudí y mucho menos un conspirador que intentase derrocar a sus gobernantes. Simplemente era un periodista crítico que, en los últimos años, después de un largo período de silencio público, había optado por abrazar plenamente sus principios exiliándose, viéndose obligado a abandonar a su familia. Para ello, había cambiado la burbuja de la élite saudí por la élite de Washington, lo que explica en parte el impacto de su asesinato.

Jamal nació en Medina en 1953, en el seno de una de las grandes familias saudíes que no forman parte del linaje real. Su tío era el famoso y controvertido traficante de armas Adnan Khashoggi; dos de sus tías, Soheir y Samira, eran novelistas célebres. Su primo era nada menos que Dodi al-Fayed, el amante de Lady Di, con quien murió bajo el puente del Almá, en París. Y, como muchos de los retoños de la élite local, fue enviado a estudiar a Estados Unidos, a Indiana.

Jamal Khashoggi durante uno de sus reportajes en Afganistán en los años 1980-90. Jamal Khashoggi durante uno de sus reportajes en Afganistán en los años 1980-90.

Cuando regresó a Arabia Saudí en la década de 1980, primero se convirtió en librero antes de dedicarse al periodismo, donde poco a poco subió peldaños en la profesión; trabajó como reportero en zonas de conflicto de regiones como Argelia, Kuwait, Sudán y Afganistán. Fue en este último país donde conoció a Osama ben Laden, quien, en ese momento, dirigía la yihad contra las tropas soviéticas, con el apoyo tácito de Riad y el apoyo financiero de la CIA. Entrevistó varias veces al fundador de Al Qaeda, del que seguirá siendo un admirador hasta el final, si bien condenaba su cambio al terrorismo.

Como la gran mayoría de saudíes, Jamal Khashoggi es muy piadoso y seguirá siéndolo durante el resto de su vida. Pero lo que lo distingue de sus compatriotas es su atracción por el islam político como medio para reconciliar la religión musulmana y la democracia. Aunque nunca lo reivindicase oficialmente, fue alguien cercano a los Hermanos Musulmanes, según varios de sus amigos. En 1992, cuando se invalidaron las elecciones argelinas y los generales se hicieron con el poder, después de la victoria del Frente Islámico de Salvación, consideró que se trataba de una oportunidad perdida y de una fuente de decepción.

En ese momento, Jamal conoció a Turki ben Faycal, un miembro de la familia saudí que ocupó el cargo de director de los Servicios de Inteligencia saudíes de 1979 a 2001. En otras palabras, un pilar del régimen. Esta proximidad llevará a muchos de los conocidos de Khashoggi a creer que, además de trabajar como reportero, a veces trabaja « a la pieza » para su mentor, en particular en Afganistán con Bin Laden. Pero, una vez más, nunca se ha podido demostrar nada.

En las semanas posteriores a los atentados del 11 de septiembre de 2001 –entre los 19 terroristas figuran 15 súbditos saudíes–, a diferencia de muchos analistas políticos de Oriente Medio, no dejó de denunciar esos atentados y de torpedear las teorías de la conspiración que circulan en el mundo árabe con el fin de exonerar a los autores de su responsabilidad. Para él, estos atentados son un ataque a los verdaderos valores del Islam.

A finales de los 90 pasaría a formar parte de la jerarquía de los periódicos saudíes, hasta ser nombrado, en 2003, redactor jefe de El Watan, uno de los principales diarios del país. Pero sólo ocupará el cargo durante 54 días, cuando fue destituido por permitir que se publicase una columna criticando a un imán fundador del wahabismo en el siglo XIII. Luego conoció a Turki ben Faycal, que se convirtió en embajador en Londres y luego en Washington. Jamal Khashoggi se convirtió en su asesor, especialmente en asuntos de comunicación. En la capital estadounidense, comenzó a relacionarse con todos los periodistas y think tanks de la ciudad, siempre deseosos de interpretar los juegos de poder y las ambiciones saudíes, a menudo oscuros. Eran los años de George W. Bush, cuya familia es muy cercana a los saudíes y a la gente que les rodea, en muy buenos términos con la industria petrolera.

En 2007, Jamal Khashoggi regresó a su país para volver a tomar las riendas de El Watan. Esta vez, dura un poco más en el cargo, pero se le vuelve a invitar a salir en 2010, después de que los líderes saudíes se quejaran del tono audaz de algunos artículos que se atrevían a cuestionar la aplicación excesivamente rigurosa de los dogmas religiosos en la esfera pública.

Más tarde se convirtió en analista para varios canales de televisión de la región, donde ofrecía su punto de vista sobre asuntos de actualidad, dentro de los límites de lo que es aceptable para un residente saudí. Porque, en un país donde todos los medios de comunicación están controlados por el Gobierno y donde el ministro del Interior nombra a los jefes de sección, la libertad de prensa es un concepto puramente teórico. Esto no impidió a Khashoggi hacer carrera a pesar de sus diversas extravagancias, poniendo de manifiesto el respeto que siempre ha tenido por las instituciones saudíes.

Al mismo tiempo, se convierte en la persona que los periodistas e investigadores extranjeros buscan cuando escriben sobre Arabia Saudí y no quieren conformarse con la fachada que se presenta al mundo exterior o con las palabras de los opositores en el exilio que desde hace mucho tiempo han cortado sus lazos con la maquinaria política del Reino. En privado, su palabra es relativamente libre, dicen hoy los que lo conocían: defiende las « primaveras árabes » y aboga por llevar a cabo reformas en su país.

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Este retrato de Jamal Khashoggi ha sido trazado a partir de numerosos artículos publicados en la prensa estadounidense, especialmente en The New York TimesThe Washington Post y The New Yorker. También se han incluido las confidencias de dos franceses (un periodista y un investigador), que conocían bien al periodista.