Eduardo Galeano, el escritor que puso nombre a los anónimos

Por y GUSTAVO MOTA LEYVA

Galeano a lo largo de su obra fue un « desgenerado », mezcló y puso en diálogo a la narración con el ensayo, a la poesía con la crónica, a la prosa con el verso. Una escritura que le hizo popular porque contiene los sonidos de la calle y la sonoridad abrumadora de los silencios, de las voces acalladas.

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Galeano escogió Montevideo para nacer y para entender la espera. Nació en Uruguay en 1940, y allí publicó en 1963 su primer libro: Los días siguientes. Y desde entonces hasta su muerte se declaró un hombre de izquierdas, lo que le obligó al exilio en Argentina en 1973, y después en la costa catalana. 

Escribió Galeano: « Según cuentan en Oaxaca, los mazatecos, Jesús fue crucificado porque hacía hablar a los pobres y a los árboles ». En América Latina, Galeano hizo hablar a los pobres, a los desfavorecidos, a los indígenas. Denunció una y otra vez la opresión ejercida por los Estados Unidos hacía el resto del continente latinoamericano. En las escuelas y universidades latinoamericanas era de lectura obligada Las venas abiertas de América Latina, que se convirtió en la Biblia latinoamericana de juventudes pasionales y revolucionarias. Un libro obligatorio para estudiantes de derecho, ciencia política, comunicación, filosofía y letras, economía o incluso ciencias empresariales. Un ensayo de economía política que denuncia los constantes saqueos de recursos naturales de la región por parte de los imperios coloniales. Crónicas y narraciones sobre una América Latina que va del siglo XVI al XX. Una obra que escribió en 1971, todavía en Montevideo, antes del exilio. 

Eduardo Galeano les puso nombre a los anónimos. Describió los muchos mundos que el mundo contiene y esconde. Habló de los curiosos, condenados por preguntar. Escribió bien para hablar mal de los especuladores a través de su texto War Street: « Los especuladores deciden el valor de las cosas y de las naciones, fabrican millonarios y mendigos y son capaces de matar más gente que cualquier guerra, peste o sequía »