Un imaginario democrático

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La película de Steven Spielberg « Los archivos del Pentágono » es una nueva ilustración: en el cine estadounidense, el periodismo es un protagonista heroico de la democracia. Este imaginario contrasta con las recurrentes cábalas que afronta el periodismo independiente en Francia.

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Un libro de "Cahiers du Cinéma" (Giorgio Gosetti et Jean-Michel Frodon). Un libro de "Cahiers du Cinéma" (Giorgio Gosetti et Jean-Michel Frodon).
La película Los archivos del Pentágono viene a enriquecer la larga lista de películas de Hollywood que versan sobre el periodismo, recopiladas en 2004 en Print the Legend, un libro a modo de inventario, editado por Les Cahiers du cinéma. En Estados Unidos, para bien o para mal, alabado o criticado, el periodismo se presenta como un héroe indiscutible del imaginario colectivo, propulsado gracias al arte popular por excelencia que es el cine. Esta visión legendaria del papel de este oficio en democracia no impide, en modo alguno, reflejar el lado oscuro, corrupción incluida; destaca el célebre Ciudadano Kane de Orson Welles (1941) –alegato contra la transformación como poder intratable de una libertad indócil– o sus límites –es el caso de The Insider (Michael Mann, 1999), relato verídico sobre las presiones de la industria del tabaco a la emisión estrella de la cadena CBS, 60 Minutes–.

Pero a través de la figura de periodistas que desafían las prohibiciones y a los gobiernos, la mayoría de estas películas de Estados Unidos presentan un ideal democrático que, lejos de limitarse a la política, sus instituciones y sus representantes, se presentan a la altura del individuo, de la valentía personal y de la toma de riesgos. Al servicio del público, del derecho a saber de los ciudadanos para que sean libres y autónomos; el periodismo entendido de este modo recuerda que la democracia es una cultura compartida, hecha de principios intangibles y de valores fundamentales. Y, sobre todo, que hay que pelear por ella en la medida en que este ideal siempre será objeto de ataques por parte de los poderes, políticos, estatales y económicos, que no soportan la no docilidad de esta libertad fundamental, irreductible a cualquier sumisión a intereses particulares.

En 1952, cuando imperaba el maccarthismo, esa caza de brujas –comunistas, cabe suponer–, instigada principalmente por el senador Joseph McCarthy y que hoy recuerda a intolerancias hacia otras formas de disidencia, aparecieron dos películas inolvidables en las que el periodismo es el héroe. Deadline USA (El cuarto poder, en su versión española), de Richard Brooks, con Humphrey Bogart en el papel protagonista, narra la resistencia de un redactor jefe al control de su periódico por parte de contrarios a la libertad de prensa. En el tribunal se escucha un magnífico alegato a favor de dicha libertad de prensa. No obstante, mi película preferida es la desconocida Park Row, de Samuel Fuller, versión novelada de la manera en que Joseph Pulitzer (1847-1911) sacudió al establishment conformista y a la prensa con el New York World dirigiendo una campaña popular para que la estatua de la libertad, regalo de Francia, se sitúe por fin en la explanada frente a la bahía de Manhattan.

« Park Row » de Samuel Fuller (1952).

Así que, frente a la Presidencia Trump, Spielberg recupera la defensa del periodismo como contrapoder indispensable que ya enarboló George Clooney con la Administración Bush en la producción Buenas noches y buena suerte (2005), película sobre Edward R. Murrow (1908-1965), periodista de televisión que, en 1953, provocó la caída del senador McCarthy. En ella se puede escuchar el discurso que pronunció tres años después, cargando contra una televisión « utilizada esencialmente para distraernos, ilusionarnos, divertirnos, desolidarizarnos », acompañado de un llamamiento a la resistencia de los periodistas, para que den la batalla en defensa de la dignidad del oficio y de la calidad de los contenidos. En Los archivos del Pentágono, se aborda la independencia: saber resistir a las presiones, atreverse a publicar lo que los poderes quisieran acallar, emanciparse de la tutela de los propietarios, defender el poder soberano de la redacción.

En un momento en que las concentraciones mediáticas y las quiebras proliferan con la revolución digital; en que intereses exteriores, ajenos a la información, toman el control de los medios de comunicación, Steven Spielberg ha preferido este ángulo original en lugar de abrir otras vías más evidentes porque en 1971, el verdadero héroe de esta historia es el lanzador de alertas, Daniel Ellsberg, el analista de la Rand Corporation que permite revelar las miles de páginas de documentos secretos procedentes del Pentágono sobre la gestión falsa y criminal de la guerra de Vietnam llevada a cabo por tres presidentes norteamericanos. El realizador deja a un lado al diario del origen de las revelaciones, The New York Times –un medio ya reconocido-, para poner el foco en el outsiderThe Washington Post, que entonces era un simple diario local, aunque fuera el que se editaba en la capital de Estados Unidos, donde se encuentra el Congreso y la Casa Blanca.

Cuando una decisión judicial prohíbe al diario neoyorquino la publicación de documentos de defensa confidenciales, bajo pena de cárcel, su aliado y rival de Washington va a tomar el testigo y desafía la prohibición; afortunadamente, el recurso ante el Tribunal Supremo resulta favorable a la libertad de prensa y anula la prohibición. La tensión del guión, centrada en la relación entre el redactor jefe, Ben Bradlee (1921-2014) –también lo será en el escándalo del Watergate, años después, que terminó con la caída de Nixon– y la propietaria Katherine Graham (1917-2001), reposa sobre una única cuestión: ¿se atreverán a publicar los papeles o se plegarán ante la prohibición?, ¿las presiones del entorno social de la propietaria, ella misma tradicional y conservadora, se impondrán o, por encima de las sensibilidades políticas de unos y otros, el principio de derecho a conocer lo que es de interés público los unirá?

Como sucede en todas las películas mencionadas y en otras, Los archivos del Pentágono sumerge, a la fuerza, al periodismo francés en un sentimiento contradictorio. De entusiasmo y de malestar. De entusiasmo por su oficio, cuyo ideal se encuentra muy por encima de sus pequeñeces y de sus cobardías. De malestar por el país, porque el imaginario democrático no sólo está ausente en nuestro cine como novela nacional, sino, además, se encuentra dañado por su discurso político, incluso mediático, que lo maltrata o desacredita. La corta historia de Mediapart, que cumple diez años en marzo, puede dar fe de ello, desde el caso Bettencourt al escándalo Sarkozy-Gadafi, pasando por la cuenta de Cahuzac; esta corta historia se encuentra marcada por batallas a contracorriente para imponer la verdad de nuestras informaciones y defender la legitimidad de su publicación. Y todo ello no sólo ante la Justicia, sino también ante la opinión, frente a la adversidad coaligada del mundo político y de los medios de comunicación dominantes.

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