La sociedad civil juzga a Monsanto en La Haya por «ecocidio»

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Treinta testigos llegados de Argentina, Sri Lanka o Francia han desfilado durante dos días en La Haya delante de jueces profesionales, encargados de una misión inédita: juzgar los « crímenes » de Monsanto, el rey de los organismos modificados genéticamente.

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De nuestro enviado especial en La Haya (Países Bajos).- Dos madres iracundas fueron las primeras en tomar la palabra. Una es francesa; la otra, argentina. Antes de acudir a testificar, no se conocían. « Para mí es un honor ser la primera en hablar, de entre la larga lista de víctimas de Monsanto », avisa Sabine Grataloup. Acto seguido, distribuyó a los jueces, sentados frente a ella, fotos de su hijo, nacido hace nueve años con varias malformaciones: sufre atresia esofágica. Respira gracias a una traqueotomía. Este 20 de octubre, será sometido a una nueva intervención quirúrgica, la número 51. « Conlleva mucho sufrimiento y riesgos vitales para él, porque una traqueotomía puede obstruirse en cualquier momento », explica.

Sabine Grataloup es dueña de una pista de equitación. Todos los veranos, en la misma época, echaba un herbicida a base de glifosato, comercializado por Monsanto. También lo echó el año en que estaba embarazada, de apenas tres o cuatro semanas, sin tomar especiales precauciones. Entonces aún no sabía que esperaba un bebé. La mujer aclara que « en ese momento es cuando se forma el esófago en el feto ». Habla deprisa, con precisión. Apenas son las nueve de la mañana del sábado 15 de octubre en La Haya y las 250 personas sentadas entre el público escuchan con atención. « Este montón de coincidencias me conmocionó [...]. Nos encontramos ante una epidemia de malformaciones, inducidas por el hombre », concluye.

Apertura del juicio, el sábado 15 de octubre 2016 en La Haya. © Tribunal Monsanto. G. De Crop. Apertura del juicio, el sábado 15 de octubre 2016 en La Haya. © Tribunal Monsanto. G. De Crop.

A continuación, toma la palabra María Liz Robledo. Una treintañera que ha realizado un largo viaje desde Baigorria (1.900 habitantes), al noroeste de la provincia del Gran Buenos Aires, para testificar. Su hija fue sometida a una operación, de seis horas, el mismo día de su nacimiento, en abril de 2013. Se encuentra mejor, pero sigue padeciendo problemas respiratorios que le impiden llevar una vida normal. María Liz Robledo vivió la mayor parte del tiempo en una casa junto a un descampado, donde se almacenaban bidones de pesticida. También recuerda el paso del « mosquito », que es como los lugareños llamaban al avión que fumigaba los campos con pesticidas. « En mi pueblo, otro niño nació con la misma malformación », dice la argentina. Denuncia « la manipulación de la información sobre Monsanto, que contribuye a que todo el mundo mire para otro lado ». Quiere « hacer que su sufrimiento sirva para que la gente sea consciente de la magnitud del problema ».

Cinco jueces escuchan –con los cascos del servicio de interpretación pegados a las orejas– los relatos conmovedores de estas dos mujeres. La presidenta del tribunal, la belga Françoise Tulkens, fue jueza en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos durante más de diez años. A su lado, una argentina, una senegalesa, un mexicano y un canadiense. Estos magistrados han aceptado prestarse para un ejercicio inédito, que puede suponer un hito en la historia del derecho internacional: juzgar a una multinacional, la estadounidense Monsanto, el rey mundial de los organismos modificados genéticamente (OMG). El grupo químico de Saint-Louis, en Missouri, adquirido recientemente por el grupo farmacéutico alemán Bayer, ¿violó los derechos sanitarios, a la alimentación o a la sostenibilidad medioambiental? En caso de respuesta afirmativa, ¿cómo demostrarlo?

A la entrada del tribunal el domingo: « Monsanto - Bayer, culpables de ecocidio ». © LL A la entrada del tribunal el domingo: « Monsanto - Bayer, culpables de ecocidio ». © LL
Los magistrados deben basarse en corpus jurídicos: los principios directores de Naciones Unidas sobre las empresas y los derechos humanos, adoptados en 2011 y el Estatuto de Roma, en el que se basa el Tribunal Penal Internacional. Durante dos días, hasta el domingo 16 de octubre, 30 testigos y peritos (abogados, médicos, científicos) desfilaron ante el tribunal, procedentes de los cinco continentes, esbozando un retrato conmovedor de los daños provocados por Monsanto en las personas, en el suelo, en los animales y en la biodiversidad. Estos relatos también han permitido hacer inventario de los métodos empleados por Monsanto para « controlar y mantener su hegemonía mundial », en palabras del ingeniero agrónomo paraguayo Miguel Lovera, hasta controlar una parte de la producción científica en la materia.

La agricultora estadounidense Christine Sheppard relata su calvario particular. Utilizó Round Up, el pesticida de Monsanto, en una granja de Hawai, desde 1995. En 2003, le diagnosticaron un cáncer especialmente peligroso –un linfoma no hodgkiniano–. En la actualidad, se encuentra en tratamiento, después de numerosas sesiones de quimioterapia y de recibir un trasplante de médula ósea. Es una de las primeras, en Estados Unidos, en denunciar a Monsanto, convencida como está de que existe relación entre su salud y su exposición al herbicida. « Monsanto sabe bien que tendrá que afrontar muchos juicios, por lo que ya ha provisto 250 millones para indemnizar futuros casos », en palabras de su abogado, Timothy Litzenburg, cuyo bufete cree que aflorarán miles de casos en los próximos años.

El médico argentino Damián Verzeñassi asegura que, en los estudios cuantitativos que lleva a cabo en Argentina, ha observado « un cambio en el modo en que la gente fallece en algunas provincias del país, en paralelo a la puesta en marcha de un modelo de agrobusiness basado en los OMG ». En 1996 comenzaron a aparecer de forma más regular problemas de salud hasta entonces poco frecuentes, algunos tipos de cáncer, malformaciones en los recién nacidos, abortos. « Monsanto inundó el planeta de sus productos y el grupo lo hizo sabiendo a la perfección lo que hacía », dice, en alusión a un estudio de la EPA, la agencia norteamericana encargada del registro de los pesticidas, que mostraba ya en 1985 su preocupación por los riesgos cancerígenos vinculados al glifosato.

Paul François. © LL Paul François. © LL
El agricultor francés Paul François narró cuál ha sido su experiencia, desde que trató de sentar a Monsanto en el banquillo. Corría 2004 cuando, al limpiar un tanque, inhaló los vapores del Lasso, un herbicida antaño comercializado por Monsanto (prohibido por la Comisión Europea en 2007). Tuvo que ser hospitalizado de inmediato tras perder el conocimiento. Sería el comienzo de una larga lista de problemas sanitarios, « comas profundos » incluidos. Paul François demandó a Monsanto en 2006. Ya lleva gastados más de 40.000 euros en procesos judiciales. Aunque ha ganado varias batallas jurídicas, Monsanto siempre recurre, sin haber abonado hasta la fecha las indemnizaciones. El recorrido judicial puede durar varios años. « Esperan que, en algún momento, me canse y no pueda permitirme este sacrificio financiero », señaló Paul François, quien terminó por decir: « Si ustedes se atreven a interponerse en el camino de Monsanto, es una máquina trituradora ».

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