Tras la pandemia, el FMI advierte de una explosión social

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Según varios trabajos del Fondo Monetario Internacional, la era post-coronavirus será probablemente una época de gran malestar social. Una advertencia que la situación económica parece confirmar, pero que muchos dirigentes ignoran.

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Después de la pandemia, ¿la explosión social?. Esto es lo que preocupa, en los últimos meses, al Fondo Monetario Internacional (FMI). En una entrada de blog, publicada el 3 de febrero, tres investigadores de la institución con sede en Washington destacan la posibilidad de que la sombra del coronavirus sea alargada, por las « repercusiones sociales de las pandemias », basándose en varios trabajos del FMI.

Este análisis nos recuerda que, históricamente, las pandemias y los movimientos revolucionarios están estrechamente relacionados. Los investigadores del FMI recuerdan también que la insurrección parisina de 1832, la que se cuenta en Los Miserables de Víctor Hugo, tuvo como punto de partida la epidemia de cólera-morbus.

Para establecer este vínculo de forma cuantitativa, el FMI ha publicado dos trabajos de investigación (working papers) en diciembre de 2020 y febrero de 2021. El primero es de Tahsin Saadi-Sedik y Rui Xu y lleva por título « Un círculo vicioso »: cómo las pandemias llevan a la desesperanza económica y al desorden social.

El segundo, de Philip Barrett y Sophia Chen, se titula « El impacto social de las pandemias ». Ambos estudios llegan a la misma conclusión: las pandemias refuerzan el desorden social a largo plazo, pero tienen un efecto pacificador sobre la situación social a corto plazo.

Manifestación antigubernamental en Líbano el 28 de enero de 2021. © Joseph Eid/AFP Manifestación antigubernamental en Líbano el 28 de enero de 2021. © Joseph Eid/AFP

Para medir estos efectos, ambos textos utilizan un índice desarrollado en julio de 2020 por el FMI para medir el nivel de perturbación social en un país. Este índice se basa en la aparición de términos que definen un periodo de « desorden social » (social unrest) en un corpus de la prensa inglesa desde 1985. El FMI cree, mediante el cruce con los movimientos identificados, que este índice es capaz de describir una realidad y no un sesgo editorial. Este índice se ha cruzado con los episodios epidémicos conocidos en los 130 países cubiertos por esta medida.

Relación entre las pandemias y el índice de desorden social. © FMI Relación entre las pandemias y el índice de desorden social. © FMI
El efecto retardado de las epidemias parece ser una singularidad de estas catástrofes que las distingue de otros desastres naturales. Tahsin Saadi-Sedik y Rui Xu estiman que « las pandemias provocan riesgos significativamente mayores de desorden social 14 meses » después de la crisis sanitaria. Dos años más tarde, este riesgo alcanzaría su máximo, que sin embargo se mantendría significativamente más alto hasta cinco años después de los hechos. Barrett y Chen se hacen eco de estos resultados y señalan que, a partir de marzo de 2020, el índice de tensión social se redujo drásticamente en todo el mundo, a pesar de que la situación social se había visto especialmente alterada en los años anteriores. Las únicas excepciones fueron los movimientos Black Lives Matter en Estados Unidos y las protestas socioeconómicas en Líbano.

Los equipos del FMI creen que las epidemias tienen un efecto pacificador a corto plazo, no sólo porque refuerzan « la cohesión social y la solidaridad », inherentes a cualquier acontecimiento catastrófico, sino también porque reducen más que otros las interacciones y los movimientos sociales. Esto puede suponer una oportunidad para que el gobierno « se sirva de la emergencia para reforzar su poder y reducir las disensiones ». Este fenómeno explicaría, por tanto, el « largo » efecto social de las pandemias.

De lo que se trata es de que la crisis « ponga de manifiesto y agrave problemas preexistentes como la falta de confianza en las instituciones, la mala gobernanza, la pobreza o las crecientes desigualdades ». Por tanto, no es tanto la pandemia como tal lo que provocaría malestar, sino su efecto amplificador sobre las condiciones preexistentes.

Este matiz podría explicar las consecuencias más o menos violentas y más o menos diferidas de las pandemias que pueden verse en algunos ejemplos históricos. Por ejemplo, la insurrección de junio de 1832 se produjo en un momento en que la epidemia de cólera estaba disminuyendo, pero seguía presente. La situación social y política francesa era entonces explosiva, como demuestran la revuelta de los canuts (trabajadores de la seda) en Lyon a finales de 1831 y el motín antilegitimista de febrero de 1831. La agitación abierta por la insurrección de 1832 conocerá además un renacimiento en 1834 con nuevos levantamientos de los republicanos parisinos y de los canuts lioneses.

Del mismo modo, en 1918, aunque la revolución alemana que, a principios de noviembre, derrocó al régimen imperial, tuvo lugar durante el apogeo de la segunda ola de la llamada gripe española, la más mortífera, la explosión social se produjo en un contexto particular, marcado por la chispa de la revolución rusa y la derrota militar del país. Pero los cinco años siguientes estuvieron marcados por un fuerte malestar social y no fue hasta mediados de la década de 1920 cuando la situación se calmó temporalmente.

Sin embargo, hay que desconfiar de cualquier visión sistemática de la relación entre la epidemia y el malestar social. Y, a veces, estas conclusiones pueden parecer tautológicas. Decir que las epidemias refuerzan las crisis en ciernes es, en definitiva, decir poco sobre sus efectos reales. También hay que tener en cuenta que en todos estos estudios hay cierto sesgo que se explica por la situación actual.

Durante mucho tiempo, las epidemias apenas se tuvieron en cuenta en los estudios económicos. Hasta marzo de 2020, la situación social y económica de los años 20 se analizaba sin hacer apenas referencia a la conocida como gripe española y a sus entre 20 y 50 millones de muertos en todo el mundo. Desde marzo de 2020, los estudios sobre el tema han florecido. Es bueno que, debido al coronavirus, se vuelva a tener en cuenta el impacto de las epidemias, sin caer en una visión monocausal y sistemática de los fenómenos sociales (cosa que, por otra parte, no hacen los estudios del FMI).

La gripe asiática de 1957-58 y la gripe de Hong Kong de 1968-69 pasaron prácticamente desapercibidas para la opinión pública, aunque mataron a más de 10.000 personas en Francia la primera y a más de 30.000 la segunda. La agitación social que siguió a la primera fue bastante leve y se centró en gran medida en la cuestión de la guerra de Argelia.

Por el contrario, los disturbios de los años 1969-73 fueron muy intensos, con conflictos sociales y políticos muy fuertes. Evidentemente, la situación socioeconómica desempeña un papel central en esta diferencia: en 1959, período de reconstrucción, es el establecimiento de la solidaridad nacional y la apertura a la sociedad de consumo, y diez años más tarde, observamos un debilitamiento del modelo fordista y una contestación filosófica de la sociedad de consumo.

¿Debemos considerar que las epidemias desempeñaron un papel en estas dos situaciones sociales diferentes? Es posible, pero sabiendo que el efecto debe haber sido en gran medida inconsciente en ese momento porque, durante estas dos pandemias, como en 1918, la cuestión de la salud apenas se tuvo en cuenta en los debates de la época. En cualquier caso, estos estudios parecen demostrar que una crisis epidémica tiene la capacidad de reforzar los problemas sociales existentes con un desfase temporal.

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