El salvajismo político del ministro francés del Interior

Por

Gérald Darmanin, investigado por recibir supuestos favores sexuales a cambio de intercesiones políticas, vinculado a un expresidente de la República triplemente acusado por los tribunales franceses, nunca debería haber tomado posesión de la cartera. Desde su ascenso, su comportamiento demuestra que su salida del Gobierno es una cuestión de bienestar público.

Este artículo es de acceso abierto. La información nos protege Me suscribo

La reciente promoción ministerial de Gérald Darmanin, que está siendo investigado judicialmente por violación y que obtuvo favores sexuales a cambio de una prometida intercesión política, fue un insulto a las mujeres víctimas de abusos por parte de los hombres, de la violencia de éstos y de sus privilegios (lea el artículo de Lénaïg Bredoux).

Al atreverse a afirmar que se ahoga cuando oye hablar de « violencia policial », el nuevo ministro francés del Interior añade un insulto a sus víctimas, que murieron asfixiadas por una llave de estrangulamiento (lea la investigación de Pascale Pascariello).

Entretanto, también había insultado la vitalidad y la diversidad de la sociedad francesa, sus movilizaciones populares y sus revueltas juveniles, comparándolas con un « asilvestramiento » general (lea el análisis de Antoine Perraud).

Gérald Darmanin, ministro francés del Interior. © THIERRY THOREL/NurPhoto vía AFP Gérald Darmanin, ministro francés del Interior. © THIERRY THOREL/NurPhoto vía AFP

Gérald Darmanin, último episodio de una deriva que comenzó con el quinquenio de Nicolas Sarkozy, es ahora el nuevo símbolo de una política salvaje. De una política que sólo se permite a sí misma, escapando de las reglas comunes. De una política aventurera, violenta y burda. De una política sin otra brújula que el poder, el abuso que permite, el beneficio que aporta, la protección que confiere. De una política desbocada, en beneficio del pánico creciente de una clase dirigente que se ha separado, indiferente a la suerte colectiva, basada en sus beneficios, ciega a los sobresaltos del mundo.

« The time is out of joint », le hace decir Shakespeare a Hamlet, literalmente, un tiempo fuera de quicio, alterado y desestabilizado. El ascenso de Gérald Darmanin, un joven y ambicioso sarkozysta, en el seno de la presidencia de Emmanuel Macron es a la vez el producto y el rostro de esta época. Despreciando los deseos sinceros de quienes, en 2017, creyeron en la transformación de las divagaciones electorales, dice mucho de la tendencia pesada, la verdad en definitiva, ya ilustrada por su violenta represión de los chalecos amarillos y por su conversión ideológica a los estribillos identitarios (lea nuestro dossier y el artículo de Ellen Salvi).

El filósofo Walter Benjamin escribió poco antes del colapso europeo de 1940: « Que las cosas continúen como antes, esa es la catástrofe ». En un momento en el que nunca ha habido tantos demandantes de empleo desde 1996, en el que los planes sociales desaparecen como en Gravelotte, en el que la incertidumbre de la pandemia está aumentando los miedos y los repliegues, en resumen, en el que el desastre social, económico, ecológico, etc. ya está en marcha, a este Gobierno le gustaría continuar como antes, cambiando (casi) nada en su política al servicio de los intereses sociales minoritarios.

Desde ese momento, tiene que buscar una justificación, volviendo a la sociedad en contra de sí misma, dividiéndola, presentándola como histérica, embruteciéndola. Esta es la función del nuevo mantra presidencial del que Gérald Darmanin dice ser el obsesionado propagandista, esta declaración de guerra al « separatismo » (lea el artículo de Ellen Salvi). Se unen así como una nueva antiFrancia, decretadas simbólicamente fuera de la comunidad nacional, todas las disidencias donde se expresa, inventa y renueva la política como emancipación, a partir de los estallidos provenientes del propio movimiento de la sociedad, de sus luchas autónomas y de su resistencia espontánea.

¿El movimiento #MeToo marca una nueva era del feminismo, sacudiendo la dominación masculina en todo el mundo? Se nombrará como titular del ministerio del Interior a alguien que no niega haber tenido relaciones sexuales con dos mujeres que acudieron a él a pedir que usara su influencia política para ayudarlas (para conseguir una vivienda y en un asunto judicial). Y se sumará al ministerio de Justicia un abogado conocido por sus diatribas sexistas hasta el punto de cuestionar la palabra « feminicidio ». Todo ello cuando el ministro del que depende la Policía está siendo objeto de una investigación judicial; paradójicamente, la insistencia en su presunción de inocencia nos recuerda que se apela a ella precisamente porque hay cargos que corresponde a la Justicia dirimir si debe responder penalmente.

¿La lucha contra la corrupción y por la moralización de la vida pública es decisiva para recuperar la confianza de un pueblo que ha abandonado las urnas? Se nombrará en el ministerio del Interior a un fiel seguidor de Nicolas Sarkozy, que se apresuró a decir en la cadena TF1: « Gérald es un amigo, he podido contar con su lealtad y solidez ». Sin embargo, se trata del expresidente más cercado por la Justicia de toda nuestra historia republicana, con múltiples imputaciones por cargos abrumadores, ya remitido a los tribunales en dos casos (Bismuto y Bygmalion) y figura central en el enorme escándalo de la financiación libia. Los escépticos que dudan del desequilibrio así creado, tanto para el curso de la Justicia como para las investigaciones policiales, deberían (re)escuchar la reciente serie de revelaciones de Mediapart sobre la red puesta al servicio del exjefe de Estado por el exjefe del servicio interior de inteligencia, Bernard Squarcini.

¿La denuncia de la violencia policial dirigida a la población por el color de su piel y su condición social, discriminada y oprimida, se ha hecho universal, y ha suscitado, en especial, la atención de los jóvenes estadounidenses y franceses? Se nombrará a la cabeza del ministerio del Interior a un político que niega su existencia –« cuando escucho la palabra violencia policial, personalmente, me ahogo »–, a pesar de que se multiplican las revelaciones sobre unidades policiales a la deriva, violentas, xenófobas, racistas, infiltradas por la extrema derecha y, a veces, corruptas. Cuando se trata de Ruán (revelaciones de Mediapart y Arte), de Seine-Saint-Denis (información de France Info), de Argenteuil o del tribunal de París (investigaciones de StreetPress), ya no se trata de errores aislados o de ovejas negras, sino de una amenaza de gangrena.

Esta es otra de las salidas por las que el nuevo ministro del Interior deja huella y ésta demuestra ser tremendamente elocuente y preocupante. Gérald Darmanin no pudo soportar, al anunciar el procedimiento judicial, que Patrick Chaimovitch, el alcalde ecologista de Colombes, hubiera establecido un vínculo entre el papel activo que desempeñó la policía y la gendarmería francesas en la redada antisemita de Vél'd'Hiv en 1942 y el « celo » actual de las fuerzas policiales que « persiguen a los migrantes, a los indocumentados, a los que violan los derechos humanos, a los seres vivos que tratan de sobrevivir en la indigencia ». Sin embargo, más allá de los atajos torpes, este político sólo ha subrayado lo que precisamente nos amenaza: un cambio a peor a través de la costumbre, el hábito y la indiferencia.

La verdad histórica es que el Estado francés de Vichy surgió de las derivas xenófobas y autoritarias del final de la III República. Alentada por una clase política que había sido engañada por una mayoría hasta el punto de abdicar renunciando a la República, sin ninguna fuerza sino por el voto de las asambleas, su policía, su justicia, su administración prefectural, acompañó activa o silenciosamente la colaboración con el nazismo, cuando la negativa, que más tarde se llamaría la Resistencia, estuvo formada por una ínfima minoría de funcionarios. En una literatura ahora abundante, la obra pionera de Robert Paxton (La France de Vichy, 1973), seguida de las investigaciones de Zeev Sternhell sobre los « orígenes franceses del fascismo » (La Droite révolutionnaire, 1997) y la síntesis más reciente de Gérard Noiriel (Les Origines républicaines de Vichy, 2013) lo han demostrado ampliamente.

« La policía de Vichy era republicana », declaró René Bousquet el 22 de junio de 1949 ante el Tribunal Superior de Justicia encargado de juzgar los actos de colaboración. Este prefecto, conocido y respetado bajo la República anterior a 1940, era el obsesionado jefe de la policía nacional bajo el régimen de Vichy, que salía al encuentro de los deseos de los ocupantes nazis en las redadas antijudías y la caza de los combatientes de la resistencia. Sin embargo, se creía republicano, al igual que su fiel mano derecha Jean-Paul Martin y su otro estrecho colaborador en el ministerio del Interior, Pierre Saury. Ambos hombres sirvieron a Vichy en la ilusión de la continuidad del Estado, que les sirvió de excusa para bajar la pendiente de la abyección y la abominación.

Al escapar de la purga, los tres hicieron buena carrera bajo la República restaurada, a la sombra, tras la estela y por la amistad con un futuro presidente de la V República, François Mitterrand. Más que la juventud de extrema derecha del primer presidente socialista elegido por sufragio universal, fue la revelación tardía de sus vínculos con este trío lo que llevó al famoso discurso de Vél'd'Hiv en el que Jacques Chirac reconoció, en 1995, 50 años después del final de la Segunda Guerra Mundial, la participación francesa en la destrucción de los judíos de Europa. Pierre Saury fue el suplente del diputado Mitterand en la Nièvre; Jean-Paul Martin fue su jefe de gabinete en el ministerio del Interior durante la IV República; y René Bousquet seguía siendo su amigo, a salvo en el Banco de Indochina y en La Dépêche du Midi, pero también candidato a las elecciones legislativas de 1958 con el apoyo del pequeño partido de Mitterand, la UDSR.

Justo antes de abandonar el Palacio del Elíseo, François Miterrand admitió finalmente, de boquilla, esta deriva del aparato estatal republicano, especialmente de la Policía, hasta el punto de participar en un imperio totalitario, « faltas que llevaron a crímenes ». Los errores de hoy pueden convertirse en los crímenes de mañana. No hay una frontera estanca entre una república y un régimen autoritario si ésta abandona las reglas democráticas, la solidaridad social y las exigencias éticas. Si la historia nunca se escribe de antemano, la indiferencia ante la violencia contra la mujer, como el fomento de la violencia policial, por no hablar de la declaración de guerra a una sociedad que ha sido declarada asalvajada, no deja de abrir de par en par la puerta a través de la cual el desastre se instalará de forma permanente.

Versión española : Mariola Moreno, infoLibresocio editorial de MediapartEdición Irene Casado Sánchez.

No hay movilización sin confianza
No hay confianza sin verdad
Apóyanos