Carta a Francia

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Los atentados de enero nos obligan a pasar a la acción. No a las políticas del miedo, partidarias de que entremos en guerra, sino a las políticas de la igualdad, democráticas y sociales que, por sí solas, podrán hacer remitir la necrosis de la esperanza de la que se nutre la guerra de las identidades.

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Hay terribles infortunios que presentan a una nación en sí misma. Para todos los que viven en este país, el nuestro, esto es lo que está en juego tras los atentados de los días 7, 8 y 9 de enero en París. ¿ Sabremos reconocer a Francia tal y como es, vive y trabaja, tal y como sufre y se impacienta, tal y como se inventa y sueña, tal y como se recupera y se une ? ¿ O vamos a seguir ignorándola, denigrándola y despreciándola ? ¿ Degradándola, desanimándola y asustándola, al sumirla en este auto-odio plagado de identidad desgraciada, de suicidio francés y de sumisión ilusoria donde maceran acritudes, amarguras y resentimientos ?

El verdadero rostro de Francia es el de los y las que murieron en estos tres días en el que se atentó contra nuestras libertades. Tres días de crímenes contra un periódico, de ejecución de policías, de homicidios de judíos. De asesinato del derecho a vivir, a pensar y a manifestarse con seguridad, en la diversidad de nuestras opiniones y nuestros orígenes, de nuestras convicciones y de nuestras creencias. Cristianos, judíos, musulmanes, masones, ateos, agnósticos, llegados de aquí y de allí, los asesinados a manos de los tres terroristas son la imagen misma de nuestro país : diverso y plural, multicultural y multiconfesional, hecho de lo próximo y de lo lejano. Una nación que se ha nutrido de su incesante diálogo con el mundo donde se inventan estas identidades tejidas de relaciones, de intercambios y de repartos que sustentan las causas comunes.

En el infortunio, nuestra Francia ha mostrado ese rostro, sin fronteras ni muros. El de las estrofas de La Internacional, ese canto de los proletarios parisinos que, después de haber dado la vuelta al mundo durante tanto tiempo, acompañó al féretro de Charb, el director de Charlie Hebdo, durante su funeral en Pontoise. « El género humano... ; no hay salvadores supremos… ; salvémonos nosotros mismos… ; decretemos el bien común… ; la tierra sólo pertenece a los hombres… ; la igualdad quiere otras leyes…  » La humanidad como exigencia común, sin distinción de origen, de apariencia y de creencia, en el respeto mutuo de nuestras herencias y nuestras pertenencias.

Señal del destino para quien, en el instante mortal, retrato auténtico de Francia – generosa y animada, trabajadora y audaz – no era todavía de nacionalidad francesa, pero que habría de serlo después, por el milagro de su gesto. Se trata del joven que salvó a los rehenes del hipermercado kosher, maliense de origen, musulmán de fe, negro de piel, trabajador inmigrante, ayer amenazado de expulsión, a día de hoy ciudadano de pleno derecho… Como si el mundo hubiese acudido de repente en nuestra ayuda. Este mundo que, desde hace siglos, hace a Francia, moldea a su pueble, contribuye a su riqueza.

Lassana Bathily, qui a sauvé des otages de l'HyperCacher, va être naturalisé français mardi 20 janvier Lassana Bathily, qui a sauvé des otages de l'HyperCacher, va être naturalisé français mardi 20 janvier

Un héroe musulmán, por tanto, y también dos musulmanes, de cultura o de creencia, entre los muertos del Charlie Hebdo – un corrector y un policía, dos guardianes en definitiva, uno de la lengua, otro de la paz –. De la lengua francesa, de la paz francesa. Si hago hincapié en este aspecto no es para distinguirlos de las otras víctimas, sino simplemente para enunciar esta verdad simple : el islam pertenece a Francia, tal y como ha dicho la canciller Angela Merkel a su propio país, Alemania, frente a los manifestantes racistas que reclaman una Europa sin musulmanes, amputada de un trozo de ella misma, sin una parte de su humanidad.

Esta verdad, hay que decirla, más que nunca. Porque, hasta ahora maltratada, se ve amenazada. Por los terroristas, en primera instancia, que siguen sirviendo a la política destructiva. Por culpa de estos tres asesinatos y de la ideología homicida y delirante que les da las armas. Por el peso de los crímenes cometidos en nombre de esta religión, el islam aún cuando ellos la traicionaban y la desfiguraban, caricaturizándola de forma más salvaje y más dolorosa que cualquier caricatura de papel, inofensiva e inocente. En pocas palabras, por esta negación de su propia humanidad que significaba el homicidio frío y premeditado de otros seres humanos por razones ideológicas, de sus orígenes o de sus creencias.

Frente a sus actos, de los que son responsables y que han pagado con la vida, es inevitable pensar en lo que escribía Charles Péguy, un republicano cristiano comprometido, a propósito del « partido devoto », estos sectarios de la religión, cualquiera que sea : « Como no tienen el valor de ser del mundo, creen que son de Dios. Como no tienen el valor de ser de uno de los partidos del mundo, creen que son del partido de Dios. Como no son del hombre, creen ser de Dios. Como no aman a nadie, creen que aman a Dios. » « Pero Jesucristo mismo fue un hombre », respondía Péguy y se podría decir lo mismo de Moisés o de Mahoma.

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