Emmanuel Macron, de candidato sorpresa a presidente de la V República

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El cuasi desconocido de 39 años, Emmanuel Macron, persuadido de su buena estrella, aspiraba a convertirse en el próximo presidente de la República francesa. En una campaña presidencial inédita, el líder de En Marche! lo ha conseguido. Con un 66,1% de los votos, Macron se convierte en el presidente electo más joven de la historia de Francia. ¿Cuál será su práctica del poder? Una presidencia moderna y eficaz… pero, también mezclada con el imaginario del monarca republicano. Perfil del nuevo presidente de la V República.

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« Mi intención es convertirme en presidente ». El martes 28 de marzo, a 25 días de la primera vuelta de las elecciones francesas, el fundador del movimiento ¡En Marcha! convocó a la prensa. Emmanuel Macron tenía un mensaje claro que transmitir: es el « amo y señor del tiempo ». Su intención es « cambiar las costumbres y las caras ». No « aspira a ser un presidente de la IV República » que gobernaría con una mayoría de « circunstancias ». Además, también anunció que para ser candidato de ¡En Marcha! aquellos miembros que militan en otros partidos deberían dejarlos. De este modo no hay equívocos en cuanto a la posible « doble pertenencia » evocada hace dos meses.

La urgencia era evidente: Macron corría el riesgo de que las adhesiones a su candidatura se convirtiesen en una trampa. Todos los días hay nuevas figuras políticas que le dan su apoyo explícito. Algunas son de peso, como el ex primer ministro francés Manuel Valls, el actual ministro de Defensa Jean-Yves Le Drian, el exalcalde de París Bertrand Delanoë o el todavía presidente del Movimiento Demócrata (MoDem) François Bayrou. Pero otros, como Robert Hue o Alain Madelin, huelen a naftalina o al reciclaje de personalidades carrozas o barrocas; muy lejos de la imagen de « renovación » y de « alternancia» que cultiva Macron.

« No me fío de la agenda oculta de los políticos », proclama Macron, quien asegura que: « Todos los apoyos son bienvenidos, pero ninguno me impedirá que introduzca reformas o que avance. Un apoyo vale un voto, no una investidura, ni una participación en la campaña, ni una modificación de nuestro programa ». Según varios medios de comunicación, estos mensajes de apoyo estaban dirigidos al ex primer ministro socialista Manuel Valls.

« Convertirse en presidente ». En la recta final de campaña, ésa es la obsesión de Emmanuel Macron. Hace tres años, el influyente asesor del Elíseo, desconocido para el gran público, ni siquiera había sido nombrado ministro. De resultar elegido, este hombre de 39 años se convertiría en el presidente más joven de la V República, nueve años menor que Giscard d’Estaing cuando ganó en 1974.

En un panorama político hecho añicos, eclipsado por los casos de corrupción y perseguido por el Frente Nacional, el exministro de Economía está convencido de su buena estrella. Sin perder de vista los sondeos, Macron sabe, sin embargo, que su candidatura es frágil. Porque es joven, no tiene una imagen de hombre de Estado y su personalidad, sus relaciones y su patrimonio suscitan serias dudas. « ¿Están dispuestos los franceses a darle las llaves del país? Esta es la cuestión capital », teorizó ya hace meses su portavoz Benjamin Griveaux.

En la universidad de Lille, el 14 de marzo. © Reuters En la universidad de Lille, el 14 de marzo. © Reuters

Según sus amigos, Macron debe « encarnar » las funciones de un presidente. Como sucede ya con ¡En Marcha!, esto pasa por una buena dosis de storytelling. A mediados de marzo, ya ejerció, de alguna manera, como presidente: durante una visita a una comisaría de la capital, en un discurso sobre la Justicia en Lille y durante el anuncio del establecimiento del servicio militar obligatorio durante un mes. En una entrevista en Le Journal du Dimanche, alabó sus propias cualidades: « Ya he demostrado mi liderazgo. Los analistas y los políticos estaban convencidos desde el primer día de que ¡En Marcha! era una aventura loca y aislada, después de que era una burbuja y, luego, consideraron que se trataba de una anomalía política. Los que expresan tales dudas probablemente no hubieran elegido a Valéry Giscard d’Estaing, que no tenía experiencia en labores presidenciales aunque había sido ministro de Economía y Finanzas [...]. Ni a Mitterrand en 1981, al que la derecha hacía los mismos reproches [el expresidente socialista fue antes ministro, de Justicia y de Interior]. O a François Hollande en 2012 ».

El « favorito » para ser presidente, presente en todos los sondeos y gacetillas, oculta otro interrogante. Si resulta elegido el 7 de mayo, ¿qué presidente será Macron? La pregunta, que no se le ha formulado mucho, no es una mera curiosidad para los lectores de prensa rosa. La V República ofrece tantas prerrogativas al jefe de Estado que su forma de gobernar, incluso su carácter, marca al país y marca la acción del Gobierno. El quinquenio (la vida política y el país entero) de Nicolas Sarkozy –hombre brutal, inquieto y que despierta pasiones y odio a partes iguales– estuvo marcado por la histeria. Hasta el punto de provocar rechazo. Un adepto a los resúmenes, como cuando era el secretario del Partido Socialista, François Hollande terminó siendo engullido por Hollande François, tachado a la vez de inactivo y de ser poco fiel a sus promesas.

Macron promete la « renovación », la « renovación democrática » o la « revolución ». Quiere reducir el número de parlamentarios, prohibir la acumulación de mandatos, revalorizar el Parlamento, impedir que los diputados condenados accedan a cargos. Seguro de que su personalidad es un punto a su favor, el mensaje central de su campaña (joven, moderno, « y de derechas y de izquierdas », no es diputado) no ha incidido demasiado en su idea concreta del poder. Sin embargo, esta personalidad plantea algunas dudas. Y lo que parece indudable es que Emmanuel Macron sólo pensaría en él.

Socialistas de todas sensibilidades lamentaron la « aventura individual » de Macron cuando dejó el Gobierno para entrar en la carrera presidencial. Anne Hidalgo, alcaldesa de París, que apoyo a Benoît Hamon, dijo « no haber percibido en su trabajo diario ni una modernidad deslumbrante, ni una relación con la democracia que le inspirara confianza ». El primer ministro Bernand Cazeneuve, uno de los hombres de confianza de Hollande, no dudó en hablar de su « pasmosa inmadurez ». « En política no basta con prometer o hablar. Hay que cumplir lo prometido ». La política, afirma, no puede « reducirse a un ejercicio de seducción pura, hecho a base de portadas de revistas y de discursos sin proyecto ».

En el foro de Bercy del 19 de marzo, donde se apoyó públicamente a Benoît Hamon, la ex ministra de Justicia Christiane Taubira criticó a Emmanuel Macron, sin nombrarlo, tachándolo de candidato que piensa « transformar un programa en evento y confundir un proyecto con una biopic ». Macron atrae pero irrita. Por su descaro, sus númeritos de chico de buenos modales… Esa ambición devoradora que ni se molesta en ocultar. Es el candidato revelación de los comicios, como esas bolsas de contenido desconocido que se regala a los niños: el embalaje es atractivo, pero el interior puede ser decepcionante.

¿Reproches de envidia? Puede ser. Sin embargo, sucede que los que rodean a Macron también dudan en ocasiones. Como ese antiguo colaborador, decepcionado, que pide anonimato y que confiesa: « Tiene absoluta confianza en su destino personal. Hay en él una gran cantidad de desmesura. En el fondo, es muy monárquico ».

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