Contra el antisemitismo, sin ambigüedades

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El odio absoluto del otro, el antisemitismo no es una variante del racismo, sino su núcleo duro. Toda indulgencia, relativismo o negligencia frente a sus manifestaciones abre la vía a la jerarquía de las humanidades. Toda instrumentalización política de esta causa suprema, la debilita, corriendo el riesgo de llegar a desacreditarla.

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El racismo es el odio de la igualdad entre seres humanos. Así, cualquier perjuicio cometido contra cualquier persona, en nombre de su identidad, origen, creencia o apariencia, es un daño cometido contra toda la humanidad. La mecánica infernal de esta violencia funciona como las matrioskas rusas, anidando, unas dentro de otras, todas las discriminaciones, en una negación infinita de la igualdad natural. Su propósito es potencialmente criminal, dado que exige la desaparición del Otro, del diferente o del extranjero, deseando que únicamente reine lo Mismo, lo idéntico o lo semejante.

En este engranaje, el antisemitismo no es una rueda dentada entre otras muchas, sino su resorte esencial. Durante dos milenios, el odio hacia los judíos acompaña los momentos de perdición de la humanidad, cuando cede a la búsqueda de la pureza y se pierde en la sed de dominación. En la Edad Media, las cruzadas cristianas comenzaron con la masacre de comunidades judías en el camino hacia Jerusalén. En el Renacimiento, la proyección de Europa sobre el mundo, junto con los grandes descubrimientos, concertó la conquista de América y la expulsión de los judíos de España. En la Edad de Oro, el Código Negro francés, que legitimaba y legalizaba la esclavitud, exigía, desde su primer artículo, la exclusión de los judíos de las colonias.

«La Libre Parole», el panfleto antisemita de la época del affaire Dreyfus. «La Libre Parole», el panfleto antisemita de la época del affaire Dreyfus.
En la Belle Époque, el auge del nacionalismo bélico estuvo acompañado del nacimiento del antisemitismo moderno, que convierte al judío en la figura irreductible del extranjero, un extranjero especialmente peligroso dado que es cercano e indistinto, un extraño al que habría que perseguir con insistencia ya que estaría oculto, escondido y enmascarado, incluso infiltrado. El odio hacia el judío es, por lo tanto, inseparable de las ideologías identitarias. Portavoz de los antisemitas durante el affaire Dreyfus, el panfleto La Libre Parole de Edouard Drumont presentaba el siguiente eslogan: « ¡Francia para los franceses! ». Novelista del nacionalismo integral, el adalid de la Tierra y los Muertos, Maurice Barrès conjugaba entonces el antisemitismo sin complejos -« Si Dreyfus es capaz de traicionar, concluyo que se debe a su raza »- y el rechazo del extranjero- « En Francia, el francés debe caminar en la primera fila, el extraño en la segunda ».

Este largo período, resumido aquí en su contexto cultural europeo bajo la sombra del antiguo antijudaísmo cristiano, nos recuerda que el genocidio de los judíos europeos cometido por el nazismo fue precedido de esta terrible costumbre del odio antisemita. Si la noción jurídica del crimen contra la humanidad nace de esta catástrofe, es bien porque el antisemita, por las palabras y por los actos, está habitado por el odio de su propia condición humana. Deseando u organizando la desaparición del judío simplemente porque nace, destruye su propia humanidad. El antisemitismo siempre induce a la barbarie.

« Destructor por función, sádico de corazón puro, el antisemita es, en lo más profundo de su corazón, un criminal -escribe Jean-Paul Sartre en Reflexiones sobre la cuestión judía-. Lo que desea, lo que prepara, es la muerte del Judío. Cierto, no todos los enemigos del judío reclaman abiertamente su muerte, pero las medidas que proponen y que apuntan a su destierro y humillación, son sucedáneos de este asesinato que meditan en sí mismos: son asesinatos simbólicos.» El antisemita, agregó el filósofo, « es un hombre que tiene miedo », habitado por « el miedo a la condición humana »: « El antisemita es el hombre que quiere ser peñasco implacable, torrente furioso, rayo devastador; todo menos un hombre ».

El pasado sábado durante una manifestación de los chalecos amarillos en París, Alain Finkielkraut se vio enfrentado a este desquiciado deseo de aniquilar al Otro. Quienes le agredieron -tachándole de « ¡sucio judío! » y « ¡sucio sionistas! »- querían explícitamente que desapareciera, si no de la Tierra, al menos de Francia: una Francia que les pertenece únicamente a ellos, es decir, libre de toda alteridad por la exclusión de los judíos. No es tolerable ningún argumento que, en una especie de « sí, pero ... », relativizaría, minimizaría o transformaría en eufemismo el odio desatado no contra un intelectual, ensayista y filósofo, miembro de la Academia Francesa, sino contra, pura y simplemente, un judío. 

Es decir, de un hombre, o dicho de otro modo de uno de nuestros hermanos humanos. En Vosotros, hermanos humanos, el escritor Albert Cohen recuerda una herida de la infancia, este insulto antisemita que tuvo que sufrir en Marsella. Es entonces cuando escribe: « Y me fui, eterna minoría, la espalda de repente inclinada y el hábito de sonreír discretamente, me fui, para siempre desterrado de la familia humana, sanguijuela del pobre mundo y malo como la sarna, me fui bajo las risas de la mayoría satisfecha, personas valientes que amaban odiar juntas, comulgando contra un enemigo común, el extraño, me fui, manteniendo mi sonrisa, horrible sonrisa temblorosa, sonrisa de la vergüenza.» 

La solemnidad es aquí necesaria, pues se trata de lo que permite a un pueblo permanecer unido. El acontecimiento exige esta ejemplaridad donde los desacuerdos políticos se desvanecen momentáneamente ante la ofensa común. « Es insoportable que tales actos puedan tener lugar. El silencio que los rodea nos recuerda las horas sombrías por las que ha pasado nuestro país, y eso nunca debe ser olvidado. Debemos ser la pequeña luz que vele por que esto nunca sea banalizado. Cada hombre, cada mujer, cada niño debe poder vivir libremente y con toda seguridad en nuestro hermoso país.» 

Estas líneas pertenecen a la « tercera petición de los chalecos amarillos de Commercy contra el racismo, el antisemitismo y todas las formas de persecución », lanzada el 17 de febrero. « Desde hace varias semanas –apunta el manifiesto-, actos inaceptables son perpetrados por ciertos individuos y difundidos por ciertos medios de comunicación, desacreditando, ¡incluso demonizando nuestro movimiento! [...] Condenamos enérgicamente cualquier acto o expresión de racismo o antisemitismo, así como cualquier otra forma de persecución.»

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