La polarización estadounidense esconde un sistema político obsoleto

Por HARRISON STETLER

¿Qué pasaría si la polarización en Estados Unidos enfrentara a la clase dirigente y a los ciudadanos tanto como a los demócratas y los republicanos? Hoy en día, el sistema político e incluso la Constitución ya no pueden canalizar o dar forma a la opinión popular.

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En este día en que los ciudadanos de Estados Unidos van a las urnas, un cierto tono periodístico parece inevitable. Todos sabemos que la importancia del escrutinio no es simplemente una transferencia de poder, como en cualquier democracia.

En el editorial de The New York Times contra el presidente, los reporteros estiman, no sin razón, que « la campaña para la reelección de Donald Trump representa la mayor amenaza para la democracia estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial ». Otros comentaristas dicen que es una elección de la que depende el futuro de la propia humanidad, ya que el plazo de la elección coincide con el principio de lo que los autores de un manifiesto por el Green New Deal (Verso, 2019), denominan « los cruciales 2020 ».

En los próximos diez años, ¿tomaremos el camino hacia la sobriedad ambiental colectiva? ¿Será posible llevar a cabo una desescalada militar y geopolítica, a medida que la sociedad internacional se acostumbra de nuevo a los enfrentamientos entre las grandes potencias? ¿Marcará esta elección la victoria definitiva de la oligarquía, o veremos la reapertura de un paréntesis favorable a los movimientos democráticos y sociales en el corazón del Imperio?

En sí mismo, el hecho de que estas preguntas se planten -aunque se hagan de forma inconsciente o no - es suficiente para saber que el llamado mundo pre-Trump nunca resucitará. Este enorme país que abarca todo un continente, Estados Unidos, cuya economía pesa tanto en el mercado mundial, cuyas fuerzas militares invaden todos los rincones del planeta, decide su futuro. Y con ello, el planeta entero se tambalea.

¿Qué podría ser mejor que añadir al fuego de estas ansiedades el combustible de un país atrapado en un ciclo infernal, que se parece cada vez más a un estado de guerra civil?

El elefante y el burro, los respectivos símbolos de los partidos republicano y demócrata. © DR El elefante y el burro, los respectivos símbolos de los partidos republicano y demócrata. © DR
Los activistas de extrema derecha, alentados por las despotricadas del presidente, alimentados por una esfera mediática que presupone que las elecciones serán robadas por el Partido Demócrata, se preparan para un enfrentamiento directo con sus oponentes políticos.

La venta de armas se dispara. En comparación con el año pasado, que ya fue un récord, el FBI ha registrado un aumento del 41% de los controles de identidad para comprar un arma en los primeros nueve meses de 2020. El presidente ha lanzado un llamamiento a sus partidarios más decididos para que sigan movilizados con el objetivo de contestar los resultados. Los oficiales de policía, cuyos sindicatos han elegido en gran medida apoyar al actual inquilino de la Casa Blanca, están siendo llamados a servir como observadores en los colegios electorales.

La anticipación de una noche electoral de pesadilla, y un día después de las elecciones repleto de violencia, se alimenta de los recuerdos de un, cuanto menos, turbulento verano de 2020. En los centros urbanos de Estados Unidos, las armas de fuego se utilizaron sin reparos en las manifestaciones y contramanifestaciones de Black Lives Matter. Las personas que salieron a la calle para protestar contra la violencia policial fueron abatidas por sus conciudadanos: hasta 25 fueron asesinadas.

Trece hombres de una milicia privada de extrema derecha fueron detenidos recientemente bajo cargos de conspiración con vistas a secuestrar a la gobernadora demócrata Gretchen Whitmer. Un vídeo, que ha inflamado la esfera mediática conservadora, también muestra a una multitud de activistas (blancos) acosando a los clientes en una terraza de un restaurante de Washington, gritando a los testigos que levanten la mano en solidaridad con el movimiento Black Lives Matter.

En Estados Unidos, la violencia política como norma histórica

Lo que claramente se ha banalizado, es la impresión de que el proceso deliberativo, el libre juego de intereses e ideas en pugna, ya no logra resolver las controversias. Pero la violencia política, y la deslegitimación de su oponente que la justifica, ha formado parte durante mucho tiempo de la experiencia democrática del país.

Tal vez este asombro que sentimos hoy se debe en realidad a la sensación de experimentar un retorno a la realidad. Como si las ideas que uno se había formado sobre el buen funcionamiento de una democracia liberal -el pluralismo, la legitimidad de la oposición, la neutralidad del poder judicial- hubieran sido la excepción, contra una norma histórica violentamente de regreso.

Para probarlo, recordemos un episodio ocurrido en Wilmington en 1898. En ese año, la ciudad de Wilmington, Carolina del Norte, quedó bajo el control de un gobierno « fusionista », es decir, una alianza entre el Partido Republicano local y el Partido Populista. Las funciones municipales estaban en manos de funcionarios blancos y negros, uno de los pocos casos de alianza política transtracial. El 10 de noviembre, sin embargo, un motín derrocó al gobierno municipal. Se quemaron los locales de un periódico publicado por afroamericanos. En los linchamientos dirigidos por la milicia blanca vinculada al entonces Partido Demócrata, se estima que 300 afroamericanos fueron asesinados. 

Los historiadores han considerado el evento como el único golpe de Estado que ha tenido lugar en suelo americano. Queda por ver si será el último. La « Masacre de Wilmington » es un caso extremo, nos dicen. Pero si lo fue, es precisamente porque gran parte de Estados Unidos languideció en una forma más banalizada de autoritarismo, y hasta hace muy poco. 

Hasta la década de 1960, y en casi todos los Estados del Sur, los afroamericanos fueron despojados de sus derechos básicos como ciudadanos: el derecho al voto, la igualdad ante la ley o incluso la protección del estado de derecho. Aquellos que los reclamaron fueron objeto de una violencia estatal y no estatal casi generalizada. La estrecha interrelación entre las fuerzas del orden y las milicias privadas blancas era una poderosa maquinaria para aterrorizar y excluir de la participación política a todo un segmento de la población.

Habría que cuestionar la distinción aparentemente fija entre las democracias liberales del mundo atlántico, encabezadas por Estados Unidos, y las nuevas democracias de Europa central y oriental o del mundo poscolonial. El término político contemporáneo « antiliberalismo » no es ajeno a la historia estadounidense. A largo plazo, puede incluso ser el fenómeno ordinario y dominante. Al final, sólo durante un paréntesis muy pequeño -digamos a partir de la desegregación y las reformas de la « Gran Sociedad » de los años 60- el país se acercó, con dificultad, a los valores de los que dice haber sido garante y abanderado a escala mundial.

La violencia en las calles y la renovada confianza de las milicias paramilitares son la culminación de décadas de polarización y parálisis que han estancado el funcionamiento gubernamental en Washington. Agotada por interminables guerras militares, socavada por la desinversión crónica en los servicios públicos, fracturada por tantos intereses en conflicto, perspectivas regionales o valores culturales, la escena política estadounidense está dividida por un desacuerdo casi total entre los partidos Demócrata y Republicano.

Pero la polarización entre estos dos campos, y la violencia que se deriva de ella, es sobre todo una expresión de la erosión, incluso de la obsolescencia, de las fisuras partidistas que han prevalecido desde la década de 1960. Los partidos de los principales gobiernos, tal como se han constituido desde los años de Reagan, ya no reflejan ni representan a la población estadounidense. Como resultado, la polarización entre demócratas y republicanos tiene quizás una contrapartida aún mayor en la polarización entre la clase dirigente y los ciudadanos de los que se supone que emana. 

En efecto, es tranquilizador, por no decir otra cosa, la siguiente constatación: la polarización partidista, en términos de identidades políticas, apenas se refleja en el estado de la opinión popular sobre los principales problemas de la sociedad. Desde esta perspectiva, el pueblo americano parece casi « normal », por así decirlo. Forma una sociedad que es democrática, moderna y básicamente tolerante. Tras unos 40 años de profundas revoluciones culturales, esta sociedad también ha aguantado una reacción política y económica casi constante desde la crisis del Estado de bienestar de los años 70. Y ahora quiere pasar la página.

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Harrison Stetler es investigador y periodista freelanceMediapart publicará sus crónicas hasta pasadas las elecciones presidenciales en Estados Unidos.