Primavera turca

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¿Qué tienen que ver los sucesos de Estambul con lo que hemos dado en llamar “primavera árabe”, una sucesión de protestas juveniles que ya ha conseguido enviar al museo de los horrores a los autócratas egipcio, tunecino, libio y yemení, y lleva dos años poniendo en apuros al sirio? Por Javier Valenzuela, director de tintaLibre

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¿Primavera turca? ¿Por qué no? Las protestas de Estambul y otras ciudades turcas son una explosión de vida y, en ese sentido, y no solo porque ocurran en esta época del año, son primaverales, portadoras de esperanza. Y ahora llega la siguiente pregunta: ¿qué tienen que ver los sucesos de Estambul con lo que hemos dado en llamar “primavera árabe”, una sucesión de protestas juveniles que ya ha conseguido enviar al museo de los horrores a los autócratas egipcio, tunecino, libio y yemení, y lleva dos años poniendo en apuros al sirio? La respuesta es que ambas primaveras tienen algunas cosas en común y otras no.

Una de las últimas manifestaciones en Turquía. Una de las últimas manifestaciones en Turquía.

Empecemos por las diferencias. La Turquía gobernada por el partido islamista moderado del AKP que lidera Erdogan no es, para empezar, un país árabe. Como Irán, Afganistán, Indonesia y tantos otros, es un país de religión mayoritariamente musulmana, pero que étnica, lingüística y culturalmente tiene de árabe lo que yo de eslavo. Además, la Turquía actual, con un nivel razonable de democracia para lo habitual en Oriente Próximo y una prolongada etapa de crecimiento económico, no es el Egipto dictatorial y empobrecido de Mubarak.

Vayamos a las similitudes. Como en Túnez y El Cairo, pero también como en el Madrid del 15-M y el New York de Occupy Wall Street, las protestas callejeras de Estambul nacieron en el seno de una juventud urbana, ilustrada, conectada con la globalidad y usuaria habitual de las nuevas tecnologías de la comunicación. Ya a finales de 2001, la revista norteamericana Time proclamó «personaje del año» al que llamó The Protester. Y no fue el único medio que encontró tendencias comunes en las manifestaciones juveniles que en los meses anteriores se habían desarrollado tanto en Túnez como en Moscú, en Madrid como en El Cairo, en Nueva York como en Atenas.

Ninguna persona o movimiento humano es exactamente igual a otro : esa es la maravilla de nuestra condición. Ningún lugar o momento es una fotocopia exacta de otro. Cada individuo, movimiento o fenómeno, es hijo de su padre, su madre y otras cosas. Y sin embargo, los seres humanos protagonizan fenómenos simultáneos que pueden ser emparentados. Por ejemplo, hablamos de las revoluciones democráticas europeas de 1848, aunque la Francia, la España, la Italia o la Alemania de entonces tuvieran circunstancias políticas, sociales y económicas diferentes. Por ejemplo, hablamos de la Primavera de 1968 o de Mayo del 68, aunque París, Berkeley y Praga vivieran circunstancias diferentes. Ahora bien, en uno y otro caso, 1848 y 1968, el rasgo común era la búsqueda de la libertad y la dignidad. Como ahora.

Cuando, a comienzos de 2011, arrancaron las revueltas juveniles en el norte de África y Oriente Próximo, hubo observadores que señalaron como uno de sus aspectos más interesantes el que evidenciaban cuánto se asemejan hoy los jóvenes de todo el mundo. Aquellos chicos y chicas árabes vestían con vaqueros, cazadoras y pañuelos, llevaban teléfonos móviles conectados a las redes sociales, soñaban con amar, expresarse, viajar y trabajar como ellos querían y no como les dictaban las tradiciones o los sátrapas. Dadas sus concretas circunstancias políticas, sociales y económicas, reivindicaban, para empezar, algo de oxígeno : un mínimo de democracia en los países árabes.

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