El presidente chino refuerza su poder para dejar claro su liderazgo

Por GILLES TAINE

Este 2015 ha supuesto un antes y un después en la revolución silenciosa que conduce el nuevo hombre fuerte de la República Popular China. La inclinación política y el hecho de ser percibido como una amenaza representan los dos criterios principales utilizados por el régimen para aplastar a sus adversarios.

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A principios de diciembre de 2015, las ONG que velan por los derechos laborales en la provincia de Guangdong [sureste de China] fueron víctimas de varios ataques coordinados por parte de las fuerzas de seguridad, interrogando a una veintena de militantes. A día de hoy, siete de ellos siguen detenidos, algunos de ellos están acusados de haber « congregado a una multitud para alterar el orden público », a otros ni siquiera se les acusa de ningún delito. Estos activistas son las últimas víctimas de la locura represiva del régimen que sufre la sociedad civil china en este año de la cabra, tras las feministas (en marzo), los abogados (en julio) y los cristianos (en agosto).

El año chino concluye en febrero de 2016. Todavía quedan dos meses, tiempo suficiente para que el Gobierno arremeta contra los únicos que han logrado sobrevivir a esta persecución, los ecologistas. La represión emprendida contra las figuras emblemáticas de la oposición china –iniciada en 2008 con el arresto de Liu Xiaobo, galardonado con el Nobel de la Paz en 2010– se aceleró con la llegada al poder de Xi Jinping a finales de 2012 tras las sucesivas condenas del profesor de Derecho Xu Zhiyong, de la periodista Gao Yu y del profesor uigur Ilham Tohti. Y ha conocido un nuevo capítulo tras la apertura de un proceso en contra del exabogado del artista Ai Weiei, Pu Zhiqiang –finalmente condenado a tres años de cárcel condicional y a la inhabilitación profesional mientras viva– y con la condena, a finales de noviembre, a seis años de cárcel del activista Guo Feixiong.

Xi Jinping comparte una cerveza con David Cameron durante su visita de Estado a Reino Unido en octubre de 2015. © Georgina Coupe Xi Jinping comparte una cerveza con David Cameron durante su visita de Estado a Reino Unido en octubre de 2015. © Georgina Coupe

Mientras en Guangdong eran detenidos los sindicalistas, se conocía que el hombre de negocios Xu Ming, un multimillonario próximo a Bo Xilai, moría en prisión víctima de una misteriosa crisis cardiaca a pesar de que gozaba de una excelente salud, según su familia. Días más tarde, Guo Guangchang, otro millonario, presidente del Grupo Fosun desaparecía misteriosamente para reaparecer días más tarde tras haber « colaborado con las autoridades en una investigación ». El caso de Wang es él último en la lista de hombres de negocios acaudalados que han sido interrogados y a veces detenidos por las autoridades en el marco de la lucha contra la corrupción.

Así las cosas, todo indica que la inclinación política y el hecho de ser percibido como una amenaza –real o imaginaria– representan los dos criterios principales utilizados por el régimen para aplastar a sus adversarios. Simples militantes de base o acaudalados hombres de negocios, más vale elegir bien los contactos en el seno del Partido y seguir la línea política fijada por el Gobierno central para evitar problemas. La dificultad estriba en el hecho de que esta línea cambia con frecuencia.

En el plano político, el fortalecimiento de la figura del secretario general sobre el resto de miembros del Comité Permanente se traduce en su omnipresencia al frente de las diferentes estructuras claves que dirigen el país. Además de los papeles tradicionales como presidente de la República y jefe de la Comisión Militar Central, Xi Jinping también está al frente de dos estructuras creadas por él mismo, el Consejo Nacional de Defensa y el Grupo dirigente para la profundización de las reformas, lo que le permite ampliar todavía un poco más su poder de decisión en materia económica y de seguridad.

Mientras que con los expresidentes Jiang Zemin y Hu Jintao, los miembros del Comité Permanente tenían una parcela reservada de poder y el primer ministro se ocupaba de las cuestiones económicas, este reparto de papeles varía con Xi Jinping. Salvo en lo que compete a la lucha contra la corrupción, en manos de Wang Qishan, el resto de asuntos parecen recaer sobre el presidente. Steve Tsang, profesor de estudios chinos contemporáneos en la Universidad de Nottingham asegura a Mediapart que: « Es innegable que Xi Jing es un dirigente más fuerte que su predecesor. Sin embargo, no hay signos aparentes de la eventual escisión entre el presidente y su primer ministro. Li Keqiang parece aceptar su papel de subalterno ».

Todo parece indicar que Xi Jinping pone en entredicho « la institucionalización » del sistema iniciada por Deng Xiaoping, según la cual los altos mandatarios se retiran a una determinada edad, no pueden en ningún caso ejercer más de dos mandatos, dejan de interferir en los asuntos del Estado una vez jubilados y eligen a sus sucesores por consenso.

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