Argelia: la transición controlada por el Ejército

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El quinto mandato de Bouteflika no tendrá lugar, como pedían los manifestantes, pero los militares conservan el control del proceso de reformas anunciado el lunes 11 de marzo por el poder.

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« Cambiar todo para que nada cambie »: según un universitario argelino lector de El gatopardo, es este consejo del ambicioso y cínico Tancred al príncipe Salina el que mejor resume la estrategia adoptada por el séquito, especialmente el militar, de Abdelaziz Bouteflika, como lo revela el « mensaje a la nación » difundido el lunes por la tarde por la agencia oficial Servicio de Prensa de Argelia (APS). El futuro dirá la amplitud de los cambios realizados y confirmará si, gracias a ellos, nada habrá cambiado para los beneficiarios del opaco sistema del poder argelino. O si, por el contrario, el pueblo que esperaba un cambio, de régimen y también de hombres, lo habrá obtenido, aunque solo sea parcialmente.

Manifestación de estudiantes en Alger, el 10 de marzo de 2019. © Reuters Manifestación de estudiantes en Alger, el 10 de marzo de 2019. © Reuters

« Cierto, los manifestantes son pacíficos, cívicos, piden una transición serena -constató el lunes 11 de marzo por la mañana un investigador, buen conocedor de las fuerzas sociales argelinas-, pero esperar que el poder, y en especial el ejército, respondan de la misma manera, es muestra de un optimismo imprudente e irresponsable. El pueblo ha sido vacunado contra la violencia por las 200.000 muertes durante los años oscuros, pero el Ejército no está curado. El sistema del poder, tal y como fue construido, y el Ejército, tal y como fue concebido, terminarán inevitablemente recurriendo a la violencia porque está escrito en su ADN.»

Por esta razón, y por algunas otras, ciertos comentaristas criticaron la llamada de los manifestantes a la huelga general, porque contiene, estimaban, los fermentos de la división del pueblo y podría conllevar la degradación del movimiento. Influenciados, sin duda, por la tendencia histórica al complot y la paranoia estratégica del poder, algunos incluso evocaron un escenario basado en la presencia de agentes provocadores en las manifestaciones e imaginaron disparos causando la muerte de agentes de policía, que responderían disparando contra la multitud y causando decenas de víctimas. Un enfrentamiento que desembocaría en la proclamación del estado de emergencia y de la ley marcial. Especialmente si los primeros disparos fueran reivindicados por una organización islamista. « Así -profetizaba un periodista-, el poder incluso podría beneficiarse de un apoyo pasivo, para empezar, de sus vecinos y de Europa ». Por supuesto, el juego acaba de comenzar pero, por el momento, una visión más política, es decir, más pacífica, ha sido la adoptada por el régimen. 

A decir verdad, durante varios días el Ejército, pilar principal del régimen, envió señales, no siempre fáciles de descifrar, pero que contenían menos amenazas ocultas que señales prudentes, muy prudentes, dirigidas al pueblo. Es decir, a la multitud de manifestantes. A finales de la pasada semana, la agencia APS publicó un artículo, retomando un editorial de El Djeich, la revista mensual del Ejército, para enfatizar, como si la pregunta planease en el aire, que « el Ejército Nacional Popular (ANP) y el pueblo argelino pertenecen a una única patria »

A continuación, se produjo una serie de sucesivas declaraciones del jefe de Estado Mayor y viceministro de Defensa, el teniente general Ahmed Gaïd Salah, que regresó apresuradamente de una salón de armas celebrado en Abu Dhabi, elogiando « la relación del pueblo con el ejército », o recordando que « las ambiciones del ejército son las de Argelia y de su pueblo ». Todo mientras « el pueblo » en cuestión reclamaba en las calles « la retirada » de Bouteflika y exigía el fin del sistema, el mismo en el que el Ejército es indispensable.

Como sabemos, el poder en Argelia es el resultado, a veces inestable, de una convergencia de fuerzas políticas, económicas, formales e informales, civiles y militares, entre las cuales el Ejército desempeña un papel primordial. Entre los escenarios sirios, egipcios, libios, tunecinos, evocados por diplomáticos y observadores desde el inicio de la protesta popular, hace dos semanas, los clanes que controlan el poder, empezando por los militares, han elegido otra opción que abre la puerta a una multitud de posibilidades, las mejores como las peores. 

Protegido quizás de la conspiración local por la distancia, un politólogo argelino instalado en Alemania, Rachid Ouaissa, publicó el lunes un escenario de « transición democrática » basado en el aplazamiento de las elecciones, la continuación de Bouteflika en el poder por un período delimitado, la organización de una primera mesa redonda de personalidades no partisanas para proponer un primer ministro y la formación de un gobierno de transición que prepararía, en el periodo de un año, una reforma de la Constitución y la organización de elecciones parlamentarias y presidenciales.

Este no es exactamente el escenario que se presentó a los argelinos el lunes en nombre del jefe de Estado. El proceso presentado prevé, en realidad, una transición gestionada por el poder, por lo tanto, bajo el estricto control del Ejército. Es decir, del omnipresente general Gaïd Salah, cuyo yerno Abdelghani Zaalane, exministro de Transporte, fue nombrado la semana pasada director de campaña de Bouteflika. Este mantenimiento del Ejército, responsable de garantizar, hasta ahora, de la perennidad del sistema, en el centro del proceso de « reformas » puesto en marcha por el régimen, explica en gran medida las discretas reacciones de la población. Si la satisfacción de haber descartado un quinto mandato es real y legítima, la prudencia sigue siendo legítima para el resto de asuntos. Y la ausencia de garantías para el desarrollo del período de transición justifica ampliamente los llamamientos para continuar la movilización y el mantenimiento de un equilibrio de fuerzas entre la calle y el poder. Poder que ha usado únicamente una vez, al final del extenso y confuso mensaje atribuido al jefe de Estado, la palabra « democracia ». 

Versión y edición española : Irene Casado Sánchez.

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