Productores de mentiras

Por y Javier Valenzuela

Trump y su gente son particularmente descarados en practicar aquello de que la verdad es sólo lo que digan ellos, pero tampoco se lo han inventado, Goebbels ya lo desarrolló en los años treinta. Lo grave es cuando el embuste contra las fake news en Internet procede de un medio que se jacta de ser serio.

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Cuentan que cuando un ministro, subsecretario o gobernador le planteaba algún problema de gestión en su despacho de El Pardo, el general Franco solía responderle: « Haga como yo, no se meta en política ». Aunque hubiera acaudillado un golpe de Estado y llevara décadas gobernando a su albedrío, Franco estaba convencido de que lo suyo no era política. Política era lo de los otros, los judíos, masones y rojos eternamente empeñados en destruir la sagrada unidad de España. Lo suyo, en cambio, sólo era el cumplimiento de una misión divina: salvarla.

Ya lo dijo Henri Guillemin, un historiador francés muy interesante del pasado siglo: la derecha considera que lo que ella dice y hace no es política, tan sólo es la verdad. Lo de la derecha es la ley, el sentido común, el derecho divino o natural, lo razonable, lo evidente, tan indiscutible como que el día sigue a la noche. Lo de la izquierda, por el contrario, siempre es opinión, demagogia, partidismo, insensatez, radicalismo, en definitiva, política.

Algo semejante está ocurriendo ahora con el asunto de las llamadas fake news. Resulta que los políticos, periodistas y medios de comunicación poderosos, los que viven de difundir noticias falsas 24 horas al día y siete días a la semana andan muy preocupados por lo que denuncian como una peligrosísima inundación de fake news. Siendo fake news, por supuesto, lo que cuentan otros, preferentemente en Internet.

Me detendré un minuto en una cuestión lingüística. Resulta irritante que gente de un españolismo tan castizo como Soraya Sáenz de Santamaría o María Dolores de Cospedal empleen la fórmula fake news para lo que puede traducirse perfectamente al castellano como noticias falsas. No hay la menor diferencia semántica entre una y otra cosa. Fake news significa en inglés noticias falsas, se difundan a través de la prensa impresa, las radios y televisiones tradicionales o las redes sociales en Internet. Como download significa descarga, sea de la mercancía de un camión o de la actualización del sistema operativo de un teléfono móvil. El inglés no ha inventado esas palabras para cosas que no existían en el siglo XIX. No hay ninguna razón para que el castellano las adopte como si aludieran a novedades de la era digital.

Esta gilipollez, habitual entre políticos, publicitarios y periodistas que con frecuencia no hablan inglés y manejan un castellano deficiente, no tiene ninguna razón, excepto, claro, la de aparentar modernidad. Es como lo de llamar running al correr.

En fin, habrá que recordarles que las noticias falsas son tan viejas como la humanidad. Los textos fundacionales de las religiones están repletos de ellas. Como la de que alguien se ha subido a un monte, allí se ha encontrado con Dios y al bajar se ha traído unas tablas de la ley de irrecusable cumplimiento. Este tipo de historias fueron presentadas - y siguen siéndolo- como hechos históricos, como sucesos que ocurrieron realmente.

Del ágora a Twitter

Internet no ha inventado nada en esta materia. En todo caso, es el principal de los espacios –más rápido y universal que los anteriores- donde ahora se cuentan verdades, mentiras y todo lo que hay en medio. Como ocurre desde la antigüedad con el ágora, el mercado y la taberna, o, en los últimos dos siglos, en otros escenarios como el periódico, la radio y la televisión.

Pero que conste en acta: los gobernantes no han dejado de soltar embustes desde el comienzo de los tiempos. Desde los monarcas que aseguraban serlo por la gracia de Dios –Franco también lo decía- hasta ganadores de elecciones como George Bush, Tony Blair y José María Aznar que juraban que Irak tenía armas de destrucción masiva y era la mayor amenaza para la humanidad desde los tiempos de Hitler. Recuérdese que las interesadas patrañas del trío de las Azores fueron reproducidas como certezas indiscutibles hasta por el mismísimo The New York Times.

En una entrevista televisiva de febrero de 2017, Kellyanne Conway, asesora de Donald Trump, afirmó que refugiados de Oriente Próximo habían cometido una masacre yihadista en Bowling Green (Kentucky). Pretendía argumentar así que a los viajeros musulmanes se les prohibiera el ingreso en Estados Unidos. Tal masacre no había existido ni por asomo, pero Conway declaró que daba igual, que se inscribía en un concepto de su invención: « Hechos alternativos ». Es cierto que Donald Trump y su gente son particularmente descarados en practicar aquello de que la verdad es lo que digan ellos, pero tampoco se lo han inventado. Goebbels ya lo desarrolló a escala industrial en los años 1930 y no es menester complicarnos la vida con palabras como posverdad para lo que siempre hemos llamado falsedad.

Muchos historiadores han presentado invenciones suyas como hechos realmente acaecidos. Uno de los embusteros más conspicuos de este gremio fue el bizantino Procopio, que en el siglo VI quiso arruinar la reputación del emperador Justiniano escribiendo unas trolas tan burdas que hasta sus propios colegas las ponen en cuestión desde hace siglos. Y por supuesto, el caballeresco rey Arturo no existió, Hernán Cortés no quemó sus naves y la guillotina no fue inventada por el doctor Guillotin. Bastantes citas célebres son asimismo muy discutibles. No existe ninguna prueba de que Galileo soltara al final de su proceso: « Y sin embargo, se mueve ». Y es probable que María Antonieta tampoco dijera: « Si no tienen pan, que coman pasteles », cuando le contaron las penalidades de los parisinos.

Es indudable que Internet ha ampliado el acceso del pueblo llano a hacer públicas sus verdades o sus mentiras, y esto es lo que les jode a los apóstoles de la lucha contra las fake news, que ahora tienen más difícil el monopolio de los instrumentos de creación de opinión. Pero el pueblo no ha dejado de difundir tanto hechos como bulos desde la invención de la escritura. En la Roma clásica lo hacía con grafitis en las paredes. En 1522 Pietro Aretino enseñó un método nuevo cuando empezó a colgar sonetos de intención política en un busto conocido como Il Pasquino, cerca de la Piazza Navona. Aretino inventó así el pasquín, que se convirtió enseguida en un modo generalizado de difundir informaciones o calumnias. 

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Javier Valenzuela es periodista y escritor. Autor del blog Crónica Negra. Comenzó en Ajoblanco y Diario de Valencia. Trabajó 30 años en el diario El País, donde fue corresponsal en Beirut, Rabat, París y Washington, y director adjunto. Fundador y primer director de tintaLibre, revista impresa de infoLibre, socio editorial de Mediapart en España.