Cómo la palabra de las mujeres es acallada

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Tras la revelación del affaire Weinstein, los testimonios de mujeres que denuncian agresiones y acoso sexuales se han multiplicado en las redes sociales. Hasta la fecha imperaba la ley del silencio en una sociedad que se negaba a ver esta realidad social. 

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Se trata de una ola, con fuerza, venida de lejos, que rompe un orden establecido desde hace lustros. Tras el escándalo Weinstein en Estados Unidos, miles de mujeres han decidido compartir en las redes sociales el acoso sexual o el sexismo sucio que sufren a diario. En Francia, desde que el pasado fin de semana se puso en marcha en Twitter el hashtag #Balancetonporc [#denunciaalcerdo] se multiplican los testimonios. También se han creado las etiquetas #metoo, #moiaussi, #yotambién, sobre todo en Facebook.

En la aplastante mayoría de los casos, estos testimonios no se refieren ni a los agresores ni a los acosadores. Se refieren al día a día, en el trabajo, en la familia, en la calle. En todas partes, continuamente. El resultado de esta iniciativa es tan importante que en ocasiones, hay mujeres -también hombres a veces- que terminan por rememorar agresiones interiorizadas, prácticamente olvidadas o incluso a las que restaron importancia. Hasta ahora. Como si el dique de contención hubiese cedido.

Captura de pantalla de los últimos mensajes publicados en Twitter, el martes 17 de octubre de 2017 a las 00h05. Captura de pantalla de los últimos mensajes publicados en Twitter, el martes 17 de octubre de 2017 a las 00h05.

Para las mujeres, supone –en cierta manera– una sorpresa saber que son tantas las que han pasado por lo mismo. O un efecto tranquilizador, la expresión de una evidencia. Para aquéllos, sobre todo hombres, que descubren la magnitud del fenómeno, la reacción es de estupefacción, compasión, pero también de desprecio y de negación.

La realidad social, sin embargo, estaba ahí, a la vista de todos, documentada profusamente desde hace años. Son las cifras oficiales que la sociedad nunca ha querido mirar directamente. Sin ir más lejos, el número de mujeres muertas en Francia cada año a manos de sus parejas, expareja o amante varía poco de un año a otro: en 2016 fueron 123 (y 34 hombres), según el Ministerio del Interior francés. O lo que es lo mismo, murió asesinada una mujer cada tres días. El año anterior las víctimas de la violencia machista fueron 122. Y se calcula que, anualmente, más de 80.000 mujeres son víctimas de una violación o de un intento de violación en Francia.

Según un estudio publicado por el instituto francés de estadística, INSEE, fuera del hogar, « en 2005 o 2006, una mujer de cinco, de entre 18 y 29, años fue víctima de injurias y una de cada 10 se vio sometida a caricias y besos no deseados y amenazas ». En 2014, un informe del Defensor de los Derechos advertía de que el 20% de las mujeres activas, es decir una mujer de cada cinco, decían haber tenido que hacer frente a una situación de acoso sexual en su vida profesional.

Son múltiples los informes oficiales, disponibles en las páginas web de los Ministerios, del Consejo Superior para la Igualdad, en las asociaciones especialidades como la Fundación de Mujeres, la AVFT o el Colectivo Feminista contra la Violación. Se podrían enumerar los documentales, las entrevistas publicadas en prensa o las sentencias judiciales. Sin embargo, hasta ahora, es como si no se hubiesen querido ver, leer, considerar.

Desde ese punto de vista, hablar ahora de la « denuncia abierta » o decir que « las mujeres por fin rompen el silencio » implica, para algunos, un abuso del lenguaje. En realidad, las mujeres hablan y han hablado siempre, como explicaba Marilyn Baldeck, de la Asociación contra la Violencia de las Mujeres en el Trabajo, en una entrevista en el plató de Mediapart.

En el caso Denis Baupin [exvicepresidente de los ecologistas franceses, acusado de acoso], revelado en mayo de 2016 por Mediapart y France Inter, las mujeres acosadas lo contaron todo: habían hablado de lo ocurrido con sus amigos, su familia, con sus compañeros de partido, con sus colegas. En su libro Parler, Sandrine Rousseau, ex secretaria nacional adjunta de Europa Ecología-Los Verdes, escribe que « las mujeres hablan, pero hablan al vacío. Nadie escucha ».

Ha hecho falta que salte un nuevo caso espectacular para que parezca abrirse una brecha, la que pone en el disparadero a uno de los productores más célebres del mundo, Harvey Weinstein, acusado por más de una veintena de mujeres, mundialmente conocidas, como Asia Argento, Angelina Jolie, Rosanna Arquette o Gwyneth Paltrow o las francesas Emma de Caunes, Juditch Godrèche y Léa Seydoux, que han compartido sus vivencias con la prensa. Estas mujeres han confirmado los testimonios de asistentes, de empleadas de Miramax, la empresa de los hermanos Weinstein o de periodistas también recogidos en las páginas de The New York Times y de The New Yorker, tras varios meses de investigación.

Por encima de la personalidad del productor americano, el escándalo Weinstein es emblemático. Dice mucho de la ley del silencio –no el de las mujeres, sino el que el orden social impone a las mujeres– dado que ninguna víctima, hasta ahora, denunciase. Porque, ya lo han dicho en numerosas ocasiones, su agresor podría acabar con sus carreras. Y era verdad.

También dice mucho de la complacencia, incluso de la complicidad, de toda la industria, a veces respaldada por la prensa, que depende de la publicidad y se encuentra atrapada en conflictos de intereses con importantes consecuencias editoriales. En 2004, The New York Times rechazó una investigación inicial dado que actores como Matt Damon y Russel Crowe presionaron para defender a Weinstein.

Estos últimos días, se han conocido los numerosos testimonios de denuncia dirigidos a la dirección de Miramax y que fueron silenciados. Y lo que es peor, prueban la existencia de un verdadero sistema que protege y alienta a Weinstein a golpe de talonario para evitar cualquier denuncia.

Hay actrices que han afirmado que habían hablado de lo ocurrido con algunos colegas masculinos (Rose McGowan, a propósito de Ben Affleck). Brad Pitt confirmó que en 1994, le pidió a Weinstein que no se acercara más a su entonces compañera, Gwyneth Paltrow. Jane Fonda asegura que tuvo conocimiento de la existencia de una víctima hace un año. Judith Godrèche contó que alertó a los responsable de Miramax: « Es Miramax, no puedes decir nada », le respondieron entonces.

El caso Weinstein también fue objeto de alusiones explícitas en Hollywood, en ceremonias o talk shows. En 2005, Courtney Love le aconsejaba a las jóvenes actrices que rechazaran las invitaciones del productor. En 2013, cuando el cómico Seth MacFarlane anunció las nominaciones de las actrices a los Oscar, llegó a decir (3’45’’): « Felicidades a las cinco, no estáis obligadas a fingir que os sentís atraídas por Harvey Weinstein ». En la sala se escucharon risas.

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