La capital belga, entre el fatalismo y la conmoción

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Tras los atentados de este 22 de marzo, Bruselas parece sumergida en un estado de sitio que recuerda al lockdown del pasado mes de noviembre de 2015. El barrio europeo se convirtió en uno de los objetivos de estos ataques terrorista, durante toda la jornada permaneció atrincherado. 

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De nuestro enviado especial en Bruselas (Bélgica).- Habitualmente no se les ve. Hace meses que trabajan detrás de los muros, a salvo de las miradas, en la construcción de una nueva sede para el Consejo Europeo cuya inauguración estaba prevista para dentro de unos meses. En la mañana de este 22 de marzo estas decenas de obreros, con sus trajes amarillos o naranja flúor, se agolpaban tras las ventanas de las diferentes plantas del edificio todavía en obras. Desde abajo, desde la rue de la Loi, se adivinaban sus rostros aturdidos, como los de todo el mundo este martes 22 de marzo en Bruselas. 

Ellos también se sobresaltaron con la detonación que se había escuchado unos minutos antes, a las nueve y once minutos de la mañana, a alrededor de 200 metros de su lugar de trabajo. Miraban cómo el humo se escapaba por la estrecha escalera que lleva a la estación de metro de Maelbeek. A esa hora, nadie sabía todavía que esa explosión, la tercera de la mañana, iba a ser la última de una siniestra mañana en la capital belga. 

Esa detonación provocó la muerte de al menos 20 personas e hirió a otras 106, según el balance provisional de la STIB, la empresa de movilidad de la capital belga. En la noche de este martes todavía era difícil tener claro el modus operandi de este ataque, el primero que vive el barrio europeo después del nacimiento de la UE. Una hora antes, en el aeropuerto internacional de Zaventem, en territorio flamenco, dos explosiones habían causado la muerte a 14 personas y herido a un centenar, según el recuento todavía no definitivo de la fiscalía federal. El Estado Islámico reivindicó estos atentados, calificados de « detestables y cobardes » por el primer ministro belga, Charles Michel.

Martes 23 de marzo al mediodía delante del edificio Berlaymont, sede de la Comisión Europea. © LL Martes 23 de marzo al mediodía delante del edificio Berlaymont, sede de la Comisión Europea. © LL

La explosión en la parada de metro de Maelbeek se produjo a la hora en la que batallones de funcionarios europeos se dirigen a sus puestos de trabajo. Sobre las 9h30 un grupo de policías se afanaba por establecer un perímetro de seguridad en los extremos de la rue de la Loi para mantener a cierta distancia a los periodistas que ya comenzaban a aparecer. Mientras, dos trabajadores de los servicios de emergencia sacaban de la boca del suburbano un cuerpo cubierto con una manta térmica. 

« Sabíamos que iba a pasar. La cuestión no era si esto iba a pasar, sino cuando », resume, fatalista, Thierry Callens. Este belga de 53 años se define como un verdadero bruselense –es decir, según el dialecto local– como « un bruselense nacido en Bruselas ». A pesar de que este martes el corazón de su ciudad fue atacado, Callens avisa de que no quiere tener miedo: « No sirve de nada estar escondido en casa ». « Mis padres viven en Molenbeek y nunca han tenido miedo, no tiene sentido », asevera. 

A la hora de la explosión, este funcionario acudía a pie a su despacho de la Dirección General de Agricultura de la Comisión Europea, situado a pocos pasos de la salida del metro. Recuerda un humo espeso, un olor irritante difícil de soportar y una veintena de heridos tendidos en el suelo. Durante toda la mañana no paró de recibir en su teléfono móvil los mensajes de allegados interesándose por su estado. « Por un lado, me parece extraño que todo esto no hubiera pasado antes de los atentados de París. Pero es cierto que no pensaba que fuera a suceder tan rápido tras la detención de Salah Abdeslam ». Y aprovecha para lanzar un dardo al país vecino: « Puedo deciros que la policía belga está trabajando mucho desde hace meses y que las críticas de los franceses nos molestan ». 

A lo lejos, el humo comienza a disiparse. Y llegan otras ambulancias, seguidas de un vehículo especializado en desactivar explosivos. También varios coches de policía y del ejército intentan avanzar por el denso tráfico de la rue de la Loi. En el cielo, un helicóptero controla el barrio, contribuyendo a hacer todavía más complejo el caos sonoro en el que anda inmerso la ciudad. Grupos de personas son evacuados en intervalos de tiempo más o menos regulares. Algunos están en estado de shock, otros lloran... pero no son supervivientes del atentado. Son empleados que trabajan en edificios anexos y que han sido evacuados por precaución. Una joven inglesa, funcionaria europea, repite ante las cámaras de varias televisiones que si no hubiera tenido ganas de fumar un último cigarro antes de coger el metro quizá no estaría ahí. 

El metro Schuman, una parada después de la de Maalbeek, en el corazón del barrio europeo. © LL El metro Schuman, una parada después de la de Maalbeek, en el corazón del barrio europeo. © LL
A la entrada del Lex Building, uno de los edificios más importantes del Consejo Europeo en la rue de la Loi, un vigilante de seguridad interpela a los curiosos: « Dense prisa en entrar, vamos a cerrar ». Fuera, los rumores no cesan. Se habla de una nueva explosión en la estación central, en el centro de la ciudad, que permaneció cerrada al público durante toda la jornada. También de otras detonaciones en las estaciones de Schuman y Arts-Loi. Fueron especulaciones descartadas oficialmente poco tiempo después, pero que contribuyen a generar un clima de conmoción general. Entre tanto, los teléfonos móviles siguen sin funcionar. Y cuando, de forma intermitente, la red vuelve todos se apresuran a intentar contactar con sus allegados. 

En la geografía del barrio europeo, la parada de metro de Maelbeek –al que da nombre un río ya desecado– es ineludible. En sus alrededores hay varios espacios significativos en la vida de la ciudad. Por ejemplo, en el número 75 de la rue de la Loi, está un hotel de la lujosa cadena Thon en el que habitualmente hay cocktails y conferencias. En el 61 está la representación permanente de Bélgica ante la UE. En el 89, la sede del partido Cristiano-Demócrata y Flamenco (CD&V, por sus siglas en neerlandés), que forma parte de la actual coalición de Gobierno. Sin olvidar, claro está, varios edificios oficiales de la Comisión Europea. 

A menos de 300 metros de allí está la zona donde se sitúan las principales instituciones comunitarias, conocida como Schuman. A saber: el Edificio Berlaymont, que es la sede de la Comisión Europea en la que están los despachos de los 28 comisarios; el Justus Lipsius, un cubo granate que es la sede del Consejo Europeo que dirige Donald Tusk; o los edificios del Servicio de Acción Exterior de la Unión Europea de la italiana Federica Mogherini. Caminado unos metros se encuentran también algunas oficinas del Parlamento Europeo. Por azar del calendario, la estación de metro de Schuman –por fin terminada después de años de obras– iba a ser inaugurada por el rey el jueves 24 de marzo. Todo ha sido anulado. 

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