La crisis económica violenta, estructural y profunda que se nos avecina

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La crisis económica que se avecina tras la crisis sanitaria tiene un potencial devastador al afectar particularmente al sector de los servicios y al redefinir nuevas reglas de funcionamiento del capitalismo. El coste social podría ser muy alto.

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La crisis económica fruto del confinamiento casi mundial ligado a la pandemia del Covid-19 es única por más de una razón. Es una crisis fruto de una decisión política (sin que sepamos, por lo demás, si la ausencia de confinamiento hubiera tenido menores consecuencias), de una violencia inaudita y modificará por mucho tiempo la estructura y funcionamiento del capitalismo contemporáneo. Esta mutación tendrá, como es siempre el caso cuando el capitalismo « se adapta », unas consecuencias sociales, y sin duda políticas, considerables.

Las obras del Grand Paris Express. © AFP Las obras del Grand Paris Express. © AFP

La primera etapa será la propia violencia de la transformación de la crisis sanitaria en crisis económica. El crecimiento continuo del capital es un fenómeno necesario para la economía capitalista y supone, por lo tanto, la imposibilidad de una parada del ciclo de valorización de la producción a través del intercambio de mercancías. No obstante, es posible una suspensión. Es lo que ocurre, en tiempos normales, cada fin de semana: las fábricas cierran al igual que muchos comercios, pero lo que no se ha producido y consumido se hace durante el resto de la semana. El proceso de producción se suele conformar con esto (aunque desde la era neoliberal se ha presionado para mantener esta suspensión lo más limitada posible).

Como subrayaba el economista Richard Baldwin a primeros de marzo, es la lógica del « fin de semana prolongado » la que ha marcado la decisión del confinamiento y de las políticas económicas de apoyo a los salarios durante dicho periodo. Se pensaba que se podría suspender la economía mercantil mientras se controlaba la epidemia y luego, una vez que la situación sanitaria recobrara la normalidad, todo volvería a su sitio. Como los salarios se habrían salvado, los agentes consumirían lo que no habían podido consumir durante el confinamiento de la misma forma que durante la semana se realizan las compras que no se hacen los domingos. Las empresas podrían pues recuperar sus beneficios atrasados y, para responder a la demanda, investirían más para mejorar la productividad. El ciclo del capital volvería a funcionar como si no hubiese pasado nada.

Esta visión revela una cierta ingenuidad. La duración del confinamiento es demasiado larga y excepcional para poder asimilarla a un simple fin de semana. La producción normalmente se organiza para responder a los festivos y a los fines de semana. Es una parada que se gestiona repartiendo la producción de los días de descanso con los días de trabajo, días regulados y previsibles. Pero el confinamiento llegó de repente, en pocos días, y ha durado mucho más tiempo. Ahora bien, cuanto más largo es el parón del circuito económico, más importantes son las consecuencias sobre la rentabilidad: hay que pagar facturas, alquileres y vencimientos de créditos. Esos gastos fijos han sido a veces suspendidos o asumidos por el Estado (como los salarios y las cotizaciones sociales), pero no todos y algunas de esas facturas llegarán más tarde para recortar los ingresos futuros.

Además, la pérdida de ingresos sufrida por el sector privado durante el confinamiento no será recuperable en su totalidad, ya que parte de los gastos no son transferibles al futuro. No es seguro que aquellos que no pudieron ir a los restaurantes durante tres meses vayan a ir lo suficiente después para compensar la pérdida de facturación. Veremos que, por parte de la demanda, la dinámica no es necesariamente la recuperación.

Por último, a diferencia del fin de semana, cuando la actividad « normal » se reanuda inmediatamente, el desconfinamiento es un proceso y no una fecha. Se trata de una serie de fechas de apertura diferentes según los sectores y los países (a veces regiones), con nuevas limitaciones. Por ejemplo, en Francia, una parte del sistema escolar no ha retomado su actividad, obligando a los empleados a quedarse en casa. Sabemos que ciertos sectores, como la restauración o la cultura, siguen estando limitados por el cierre administrativo de sus locales. Para muchos, la reorganización de la producción es delicada ya que no existe una fecha clara para su reanudación.

Los efectos del confinamiento en varios sectores. © Insee Los efectos del confinamiento en varios sectores. © Insee
Por no mencionar que existe el riesgo de un nuevo brote, a más o menos corto plazo, y la amenaza de un nuevo periodo de confinamiento. En estas condiciones, toda reorganización empresarial, que implica costos adicionales, está sujeta al riesgo de un nuevo cierre. Por lo tanto, se procurará limitar los gastos incurridos a más o menos largo plazo y, por consiguiente, las inversiones. Según una encuesta del INSEE, los empresarios prevén una desaceleración de sus inversiones en todos los sectores de la industria manufacturera con un pesimismo cercano al de 2008-2009. Es precisamente a través de este canal que una crisis de oferta se convierte en una crisis de demanda. Al consumir menos bienes de capital y servicios, las empresas reducen el empleo en general y, por lo tanto, la demanda.

Pero la crisis actual es también una crisis de demanda. Si la hipótesis del « gran fin de semana » ha fracasado, también se debe a que los hogares no tienen la intención de gastar sus ahorros forzados, estimados por la OFCE en 55.000 millones de euros (y en más de 80.000 según otros), para compensar los dos meses de encierro. Si bien una gran parte de sus ingresos puede, en algunos casos, haber sido asegurada por la acción gubernamental, los hogares, al igual que las empresas, están sujetos a una incertidumbre radical. Nada garantiza que, si hay un nuevo confinamiento, todo transcurrirá de la misma forma. Los que están parcialmente desempleados a menudo han perdido ingresos y tienen una legítima sensación de empobrecimiento. Todos ven a las empresas ajustar sus costos y los planes sociales multiplicarse. Por lo tanto, temen por sus trabajos. Todo lo anterior anima a la gente a ahorrar como medida de precaución.

Sólo en marzo, los ingresos en las libretas de ahorro y cuentas corrientes crecieron en 20.000 millones de euros y Bruno Le Maire (ministro francés de Economía) quedó sorprendido. Pero la calamitosa gestión de la crisis y la persistente amenaza de la enfermedad no alientan a las personas a correr riesgos, ni siquiera a vaciar sus ahorros en diversas formas de consumo. Se entiende el porqué del nerviosismo del ministro de Economía y Finanzas, pues se ha puesto en jaque su estrategia de « volver a funcionar como antes ». Porque si la demanda sigue siendo débil, las empresas tendrán que ajustar sus efectivos al nivel de esa demanda y realizar despidos, lo que deprimirá a su vez la demanda...

La situación es por lo tanto seria. Estos dos meses en los que la economía de mercado se ha estancado se han convertido naturalmente en una crisis económica de gran envergadura, ya que los gobiernos -empezando por el francés- se han contentado con dejar que se desarrollen los mecanismos capitalistas. La crisis sanitaria desató una doble crisis de oferta y demanda, la primera de las cuales se convirtió rápidamente en una crisis de demanda. Es una situación que, por su envergadura, es preocupante y podría durar mucho tiempo. Pues, a pesar de la recuperación natural de parte de la actividad tras el confinamiento, la economía podría verse frenada por el impacto de las medidas de reducción de la fuerza de trabajo para restablecer los márgenes y adaptar la producción al nuevo nivel de demanda. 

Caída histórica del PIB en el primer trimestre de 2020. © Insee Caída histórica del PIB en el primer trimestre de 2020. © Insee
Globalmente, el PIB es una nueva medida para tomar conciencia de la magnitud de la crisis. En una entrevista concedida el año pasado a Mediapart, Éloi Laurent, uno de los críticos más feroces del PIB como indicador del bienestar, reconocía que su invención por Simon Kuznet en 1931 tenía la función de « medir una crisis global con un indicador global », y consideraba al PIB ante todo como « un indicador de crisis ». Este indicador permite efectivamente tomar conciencia de la pérdida de flujos de valor añadido creados por la economía y, por consiguiente, de la magnitud de los ajustes necesarios para compensarla.

En Francia, se estima que la compresión del PIB francés en 2020 se situará entre el 8 y el 10%, lo que constituye un hecho casi único en tiempos de paz. Ciertamente, la misa no está totalmente dicha y será necesario observar si el panorama se aclara más rápido de lo esperado. Esto dependerá mucho del curso de la enfermedad, pero por el momento no podemos esperar ninguna sorpresa agradable. La pérdida del valor añadido influirá directamente en su futuro reparto.

El primer problema será la supervivencia de ciertas compañías. En algunos sectores, la magnitud del impacto puede llevar a las empresas a la quiebra si su rentabilidad no se recupera lo suficiente para hacer frente a los costos fijos y los vencimientos de las deudas contraídas en los años anteriores a la crisis.

No debemos olvidar que Francia ha sido uno de los países europeos en los que la deuda privada ha continuado creciendo durante los últimos años. En el último trimestre de 2019  suponía un 135 por ciento mientras la media de la zona euro era del 119%. Esta situación debilita a las empresas mientras se hunde el volumen de negocio y no hay medios para devolver la deuda.

Es cierto que el Estado ha ofrecido préstamos garantizados, pero los bancos no se los han ofrecido a todo el mundo (porque éstos corren con una parte -mínima, entre el 10 y el 30%- de los riesgos). Sobre todo, son préstamos que habrá que devolver con menos recursos. El 6 de abril, la aseguradora Coface estimaba que las quiebras podrían aumentar en un 15% en Francia en 2020, pero en ese momento la bajada esperada del PIB sólo era del 1%. Esas quiebras conllevarán evidentemente un aumento de los despidos, especialmente en las pequeñas empresas, las más frágiles, que son también las principales empleadoras del país. También en este caso será notable el impacto en la demanda.

Pero de manera más global, las empresas, incluso las que siguen siendo viables, van a tratar de influir lo más posible en la repartición del valor añadido para reducir la transferencia a los salarios, dicho de otra forma, para poder compensar la pérdida registrada por la bajada equivalente del coste laboral. Las empresas van en efecto a tratar de evitar las alternativas a esta opción. Para conseguir financiación, mantener los valores bursátiles y, en el caso de las Pymes, mantener el nivel de vida de sus dirigentes, las empresas tratarán de reducir al máximo el impacto sobre los beneficios y su distribución.

Hemos visto que las inversiones iban también a reducirse sin duda pero, si esto no basta, el objetivo de las empresas será hacer contribuir lo más posible a la bajada del valor añadido a sus trabajadores, a sus clientes o a ambos. En la medida en que es probable que la demanda se reduzca permanentemente, la capacidad de influir en los precios será muy limitada, excepto tal vez en algunos sectores concretos. Por consiguiente, existe el riesgo de que el ajuste afecte principalmente a los empleados, ya sea mediante reducciones de personal o mediante recortes de los salarios por hora. Y de ahí surge la petición de la patronal estos últimos días de volver a abordar el tema de las 35 horas semanales, reducir las vacaciones pagadas y flexibilizar el derecho del trabajo.

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