Sarkozy y Libia: cómo el mandato de la ONU fue secuestrado

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La violación del mandato que el presidente francés y los otros promotores de la intervención en Libia recibieron de la ONU provocó el caos en el país y permitió a los grupos yihadistas acceder a sus arsenales, los mismos grupos que hoy desestabilizan el Sahel. Emmanuel Macron, quien considera esta guerra como un « gran error », ¿está listo para identificar a los responsables?

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Entre Nicolas Sarkozy y Muamar Gadafi, no hay solamente una turbia historia financiera, también hay una guerra. Una guerra que sumió a Libia en el caos que, todavía hoy, asola el país y que ha contribuido a dejar el Sahel en manos del fanatismo y del terror de los grupos armados yihadistas.

El expresidente francés comenzó a dar explicaciones el 20 y 21 de marzo, en detención preventiva, sobre la financiación libia se su campaña presidencial de 2007, la misma que le llevó a ocupar el Palacio del Elíseo hasta 2012. ¿Alguna vez se le pedirá que asuma la responsabilidad de desencadenar, cuatro años más tarde en Libia, una intervención internacional que podría haber sido evitada y cuyas consecuencias han sido desastrosas para una vasta región de África? Por ahora, nada lo sugiere.

A pesar de las inquietantes informaciones sobre las condiciones en las que Francia logró convencer a Reino Unido, a Estados Unidos, a la Liga Árabe y a la OTAN para embarcarles en esta dudosa aventura; ni la ONU, que vio como una de sus resoluciones fue, una vez más, pisoteada, ni el Parlamento francés, que no puso ningún obstáculo a la voluntad presidencial de aquel momento, han considerado útil emprender una investigación sobre el asunto.

Y la nueva mayoría « en marche » no se ha mostrado más curiosa que la precedente. Podría haberse sentido alentada, incluso incitada a actuar por parte del jefe de Estado, quien ha manifestado en dos ocasiones, en junio de 2017 y en febrero de 2018, su desacuerdo con el principio y el desarrollo de esta guerra. Solo la Cámara de los Comunes del Parlamento británico creó una comisión para investigar esta intervención y su fracaso, cuyos resultados - abrumadores para Francia y para su rol de líder de la manada- se publicaron en septiembre de 2016 (leer el análisis de Mediapart de este documento y el texto completo del informe, en inglés). 

Sin embargo, la reconstrucción de los hechos, posible gracias a la retrospectiva, está repleta de anomalías, mentiras, « verdades alternativas », manipulaciones e intoxicaciones de todo tipo.

Cecilia Sarkozy (a la derecha) y las "enfermeras búlgaras" a su llegada al aeropuerto de Sofía (Bulgaria), 24 de julio de 2007. © Reuters Cecilia Sarkozy (a la derecha) y las "enfermeras búlgaras" a su llegada al aeropuerto de Sofía (Bulgaria), 24 de julio de 2007. © Reuters

La primera sorpresa, en este affaire, se remonta a enero de 2011 cuando, tras las revoluciones de Túnez y Egipto, triunfa en Libia una revuelta popular contra la dictadura, la arbitrariedad y la corrupción. Nicolas Sarkozy, quien obtuvo de Muamar Gadafi, en julio de 2007, en condiciones muy turbias, la liberación de las enfermeras búlgaras y del médico palestino detenidos durante ocho años, recompensando al dictador con la promesa de una central nuclear y después invitándole a París donde le permitió colocar su carpa en los jardines del hotel Marigny, frente al Palacio del Elíseo, se puso del lado de sus oponentes. 

Sin embargo, entre estos oponentes figuran hombres como Abdelhakim Belhadj y otros miembros del grupo de Combatientes Islámicos Libios, notoriamente vinculados a al-Qaeda. Los servicios de inteligencia franceses y occidentales son conscientes de que muchos libios que lucharon en las filas yihadistas en Irak y Afganistán han regresado a casa, listos para aprovechar la primera oportunidad para reanudar su lucha. El riesgo de que los rebeldes libios sinceramente enamorados de la democracia y de la libertad, sean eclipsados y manipulados por los yihadistas es real. Poco importa.

Aparentemente convencido por los representantes de la oposición libia inmigrados en Francia y por sus relevos en el mundo financiero y entre los « intelectuales útiles », como Bernard-Henri Lévy, Sarkozy adopta sin vacilación su tesis y su discurso para construir su nueva postura: los civiles libios están en peligro de muerte ante la represión del régimen, Occidente debe acudir en su ayuda para evitar una nueva Srebrenica, donde los serbios de Bosnia masacraron a casi 8.000 musulmanes en julio de 1995.

Y es este el discurso que el presidente francés sostiene frente a sus homólogos para convencerles de participar en una operación de rescate junto a Francia. Sus argumentos parecen dar sus frutos. El 21 de febrero, cuando Al Jazeera, el canal qatarí cuyo emir -en desacuerdo con Gadafi- es el propietario, anuncia que la aviación libia bombardea a los manifestantes de Trípoli, en las calles para mostrar sus solidaridad con los ciudadanos de Benghazi, Nicolas Sarkozy, David Cameron y Barack Obama declaran por separado que Gadafi, que bombardea a su propia población, no es digno de continuar gobernando. En otras palabras, parece surgir un consenso entre París, Washington y Londres para salvar a los manifestantes libios y acabar con el dictador.

El problema, señalado por Rony Brauman, expresidente de Médicos Sin Fronteras, en su último libro sobre Las Guerras Humanitarias (Les Guerres humanitaires), es que este bombardeo de manifestantes en Trípoli nunca tuvo lugar. Información que será confirmada nueve días más tarde en la Cámara de Representantes, por el Secretario de Defensa de Estados Unidos Robert Michael Gates, que trataría de salvar a su país del riesgo de un nuevo estancamiento como el de Afganistán, y por su jefe del Estado Mayor. 

Pero esta operación de intoxicación de la información tan evidente, que fue también retransmitida en Estados Unidos, donde los emigrantes libios cuentan con un lobby emprendedor, no impide a Nicolas Sarkozy continuar con su activismo diplomático. Al contrario. 

Recibiendo oficialmente en el Elíseo, el 10 de marzo, a los representantes del Consejo Nacional de Transición (CNT), se convirtió en el primer jefe de Estado del mundo en reconocer esta emanación de la insurgencia como único representante de Libia. A continuación, respondiendo a las demandas de sus nuevos amigos libios, presentó a los líderes europeos reunidos en Bruselas el proyecto para establecer una zona de exclusión aérea en Libia. 

David Cameron apoya a Sarkozy. Angela Merkel, por su parte, está en contra. Y ella reúne en sus filas a la mayoría de los líderes europeos. El camino hacia una resolución europea está cerrado.

Sin embargo, decidido a imponer su voluntad de intervenir en Libia, el presidente francés escoge jugar la carta árabe. Sabe que el viejo gobernante saudita Abdullah ben Abdelaziz odia a Gadafi, de quien sospecha que ha participado en un plan para asesinarlo. Con la ayuda de los Emiratos Árabes Unidos y Qatar, cuyo emir se encuentra en la misma posición que el rey Abdullah contra el líder de la Jamahiriya libia, Arabia Saudita consigue que la Liga Árabe exija el establecimiento de “una zona de exclusión aérea” sobre Libia.

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