Israel-Irán: los misteriosos planes de Trump

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Tras su encuentro en Washington, Benjamin Netanyahu y Donald Trump han decidido que la coexistencia de dos Estados –Israel y Palestina-, no es la única solución para alcanzar la paz en Oriente Próximo y que, pese al acuerdo nuclear iraní, el riesgo de que Teherán se haga con la bomba atómica continúa presente. Todo sin aclarar las verdaderas intenciones de la administración estadounidense. 

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¿Cuál va a ser la política de Donald Trump en Oriente Medio? Misterio. Y la visita a Washington del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, el pasado 15 de enero, no ha permitido disipar las dudas. En lo que se refiere al conflicto palestino-israelí o a las relaciones entre Estados Unidos, Israel e Irán, la primera entrevista mantenida entre ambos dirigentes permitió confirmar ante todo el amateurismo ignorante, la charlatanería de uno y el júbilo del otro. Por lo demás, ni siguiendo la rueda de prensa de Trump y de Netanyahu ni leyendo las actas de las conversaciones mantenidas, resulta posible salir de dudas respecto a la posición o los planes de Trump en Oriente Medio.

La única información importante ofrecida en la entrevista fue la declaración de Donald Trump según la cual « la solución de los dos Estados no es la única posible en el conflicto palestino-israelí ». « Contemplo la posibilidad de dos Estados y de un solo Estado, y si Israel y los palestinos están contentos, yo estoy contento con la solución que prefieran. Las dos me convienen », afirmó el presidente de Estados Unidos, arrancando una enorme sonrisa a Benjamín Netanyahu y el entusiasmo, en Israel, de los colonos y de la derecha nacionalista.

Sin precisar cuáles son sus preferencias, Netanyahu, con el beneplácito de Trump, se limitaba a señalar que Israel había sido tratado hasta la fecha de forma « desleal » por Naciones Unidas y que para él « las dos condiciones de la paz –reconocimiento de Israel como Estado judío y reconocimiento de los imperativos de seguridad israelíes al oeste del Jordán– seguían siendo pertinentes ». Lo que significa, a fin de cuentas, que Israel pretende conservar el control del valle del Jordán y de Cisjordania, opción que excluye ipso facto la creación de un Estado palestino.

Benjamin Netanyahu y Donald Trump, durante la conferencia de prensa en Washington, el 17 de febrero de 2017. Benjamin Netanyahu y Donald Trump, durante la conferencia de prensa en Washington, el 17 de febrero de 2017.

Desde que la OLP, en 1993, reconoció el Estado de Israel, la arquitectura de las negociaciones de paz, respaldada por Naciones Unidas y por la mayor parte de la comunidad internacional con Estados Unidos a la cabeza, gira en torno a la solución de los dos Estados, por lo que llama la atención el viraje norteamericano. Bien es cierto que, tras 25 años de negociaciones abortadas y de fracasos, se dejan oír voces desesperadas, entre los palestinos y entre los israelíes partidarios de la paz, favorables a la creación de un único Estado, binacional, laico y democrático. Pero su solución « de un solo Estado » no es la misma a la que aspiran Netanyahu y su mayoría parlamentaria. Tampoco es la misma en el entorno de Trump, donde abundan los defensores de la colonización y de la anexión de los territorios ocupados.

« Si nos decantamos por un único Estado, Israel podrá ser o judío o democrático. No podrá ser ambas cosas », había avisado, antes de dejar el Departamento de Estado, John Kerry, reiterando con ello la advertencia efectuada por numerosos intelectuales israelíes. Embriagado por la calurosa acogida que recibió en la Casa Blanca, después de ocho años de tensas relaciones con Barack Obama, Netanyahu no se detuvo en los detalles. En Israel, los aliados de la coalición gubernamental recibieron la noticia con el mismo entusiasmo.

Es « el fin de una idea peligrosa y errónea: la de la creación de un Estado terrorista palestino en el centro de la tierra de Israel », se regocijaba el ministro de Ciencias, Ofir Akunis, miembro del Likud. Supone el « final de la congelación » de la colonización, profetizaba otra figura del Likud, la ministra de Cultura Miri Regev. Cuando el Gobierno israelí acaba de anunciar la construcción de 6.000 viviendas, en las colonias de Cisjordania y de Jerusalén Este, a nadie ha molestado el consejo de Donald Trump a su amigo Bibi, de « mostrarse moderado a la hora de levantar nuevas construcciones.»

Por el contrario, entre los palestinos, este giro de Washington ha sido recibido como una especie de traición. Tan alarmante como el hecho de que las solicitudes de reunión, por parte de Palestina a la Administración Trump, no reciban respuesta. Los únicos contactos que ha aceptado Washington son encuentros entre dirigentes palestinos y responsables norteamericanos de los servicios de inteligencia.

El primero se celebró en Washington, poco antes de la dimisión forzosa del asesor en asuntos de seguridad de Trump, Michael Flynn. La segunda, en Ramallah, donde el director de la CIA, Mike Pompeo, se entrevistó la víspera de la entrevista entre Trump y Netanyahu, con el presidente Mahmud Abbas y el responsable de los servicios de inteligencia, Majid Faraj. Como si el destino de Palestina hubiese dejado de ser una cuestión diplomática y se limitase a una cuestión de seguridad. Paralelamente, Washington se ha opuesto al nombramiento del ex primer ministro palestino Salam Fayyad, personalidad respetada en el seno de la ONU, como enviado especial del secretario general de Naciones Unidas en Libia.

No obstante, la dirección palestina, preocupada por no quemar sus naves, se limitaba a recordar su apoyo « a la solución de los dos Estados » y se declaraba « dispuesta a interactuar positivamente con la Administración Trump para construir la paz ». Menos diplomático, el editorialista del diario Al Quds se mostraba más franco: « El final de la solución de los dos Estados conlleva un solo Estado, incluso racista. Tras más de 20 años negociando y después de haber aceptado conservar sólo el 22% de la Palestina histórica, la gran cuestión es: ¿qué debemos hacer? ».

La respuesta a esta pregunta es más difícil todavía si cabe por que Trump no ha precisado nada sobre el proceso conducente al Estado único, sobre la naturaleza de dicho Estado ni sobre las razones que le han llevado a romper con una solución que respaldaba George W. Bush y que Barack Obama calificó de interés norteamericano vital. Más curioso aún –o todavía más revelador en lo que a su inexperiencia en diplomacia en Oriente Medio se refiere—, ha sugerido que se sumen al proceso negociador los países árabes vecinos, ignorando con ello la iniciativa de pacificación avanzada en la cumbre árabe de Beirut, en marzo de 2002, que proponía una normalización de las relaciones en el mundo árabe con Israel, a cambio de la retirada israelí de los territorios ocupados desde 1967. Oferta que Israel nunca atendió.

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