La caída de Alepo no resuelve nada en Siria

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La toma de la antigua capital económica de Siria, presentada por Damasco y sus aliados como una victoria decisiva, supone un importante revés para los insurgentes. Bachar al-Assad continúa en el poder pero gobierna, apoyado por Rusia e Irán, un régimen y un país en ruinas.

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Tras un mes de bombardeos y de destrucciones devastadoras por parte del régimen de Damasco y de sus aliados, la caída de los barrios sublevados de Alepo ya es un hecho. La ofensiva final contra los sectores rebeldes, iniciada el pasado 15 de noviembre y ejecutada principalmente por la aviación rusa, le ha supuesto el golpe de gracia a una ciudad en ruinas, donde sus últimos habitantes –hambrientos y agotados después de cuatro años de penurias, de terror y de desafíos–hace mucho tiempo que no tienen hospitales, centros de salud, mercados ni escuelas. Bombas, cohetes y obuses han destruido la mayoría de estos objetivos civiles -obviando las leyes de la guerra- y buena parte de los vestigios históricos de esta ciudad milenaria.

Para los rebeldes, desde el comienzo de la guerra en marzo de 2011, la caída de Alepo en manos del régimen -que ahora controla, junto con Damasco, Homs, Hama y Lattaquié, las cinco principales ciudades del país- supone el peor revés. Porque el dictador permanece en el poder, pero gobierna un régimen y un país en ruinas, donde los combates han causado más de 300.000 muertos y donde la mitad de los 23 millones de habitantes han optado por exiliarse dentro y fuera de sus fronteras.

La caída de Alepo bajo un intenso fuego cruzado ¿significa el final de la guerra en Siria? No. Nada más lejos de la realidad. Es cierto que permite a Damasco y a sus aliados rusos e iraníes confirmar el control de la parte occidental del país e imponer, al menos a corto plazo, su escenario ante los países que apoyan a la oposición. No obstante, ese éxito militar, amplificado por las evasivas norteamericanas y las dudas europeas, confirma el juego de Moscú frente a los occidentales y a sus aliados del mundo árabe. Pero ¿resuelve la « cuestión siria »? No.

El estado de las fuerzas en Siria en octubre de 2016. En verde, el ejército sirio y sus aliados. En gris, Daech. En rosa, los insurgentes sirios. En marrón, las fuerzas kurdas. © Reuters El estado de las fuerzas en Siria en octubre de 2016. En verde, el ejército sirio y sus aliados. En gris, Daech. En rosa, los insurgentes sirios. En marrón, las fuerzas kurdas. © Reuters

De momento, lleva a una perspectiva en aparente contradicción con los proyectos del Kremlin para Siria. En el documento sobre política extranjera de la Federación Rusa, firmado por Vladimir Putin, el 30 noviembre, después en los 7 minutos –de los 70– consagrados a la política extranjera en el discurso pronunciado al día siguiente ante la Asamblea Federal, el presidente ruso insistió en la necesidad de preservar la « unidad, la independencia y la integridad territorial » de Siria. Claro que, la estrategia puesta en marcha desde el inicio de su intervención directa, en septiembre de 2015, por los militares rusos, da como resultado una Siria geográficamente partida en dos, que se espera lo peor.

Al oeste, en el litoral mediterráneo, se encuentran las dos bases rusas –Tartus para la marina, Hmeimim para la aviación– y las ciudades principales, la « Siria útil » de los geógrafos, donde se concentra la mayoría de la población. Entre Alepo y Lattaquié, al régimen y a sus aliados sólo le queda por conquistar la provincia de Idlib para conformar, en esta parte del país, un territorio homogéneo. En el este, hasta la frontera iraquí, la parte menos poblada es la más deprimida del país –excepción hecha del fértil Valle del Éufrates– que escapa al control del régimen sirio.

Esta división, geográfica en sus orígenes, a día de hoy es estratégica. Ahora, el oeste está en gran parte bajo control de Damasco y de sus aliados. El este, desde 2013, es una de las provincias del Estado Islámico (Daesch) proclamado por Aboubakr al-Baghdadi, que ha designado la mayor ciudad de la región, Raqqa, como la « capital » oficiosa de su califato. En el oeste, Damasco y sus aliados bombardean y masacran para salvar el régimen frente a una rebelión mixta en el seno de la cual coexisten –o se enfrentan- una minoría de partidarios de una Siria democrática y una multitud de grupos salafistas o yihadistas, apoyados por las monarquías del Golfo, que aspiran a crear un Estado Islámico.

En el este, la coalición occidental antiterrorista, que carece de medios terrestres, a excepción de grupos armados kurdos y, en algunas zonas, efectivos del Ejército turco, concentra sus ataques aéreos contra las posiciones de Daesch, sus puestos de control, sus almacenes logísticos o sus dirigentes, como los cuatro dirigentes, implicados según fuentes oficiales en los atentados de París, asesinados a comienzos del mes en Raqqa por ataques aéreos de drones o de aviones de combate.

En la práctica, se libran al menos dos guerras en marcha en Siria. « Se desdibuja la división de Siria », constataba la semana pasada, en una entrevista, el ministro francés de Asuntos Extranjeros, Jean-Marc Ayrault. El riesgo de desintegración del país es mayor puesto que los protagonistas no tienen ni los mismos objetivos ni los mismos medios, ni los mismos calendarios.

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